jueves, 3 de octubre de 2013

Información para construir y deconstruir


“Sin información es muy difícil deconstruir narrativas, mitos, conceptos, imaginarios.” 

Para la gran mayoría de la población la principal fuente de ingreso proviene de su trabajo.  En países con Estados un poco más nutridos y presentes, la historia es un poco diferente.  Allí las transferencias públicas en efectivo o especie constituyen una proporción importante de lo que las personas consumen.  Pero ese no es nuestro caso todavía. 

El bienestar del chapín promedio depende esencialmente de su chamba – formal o informal, eso al final es una exquisitez de intelectuales y tecnócratas –, y quizás de los lenes que logre hacer al cambiar la remesa que le mande su papá, mamá, patojo o patoja, desde el norte.  En otras palabras, los mercados laborales, nacionales o internacionales, juegan un papel fundamental en la vida de todos nosotros.

Si la política pública fuera concebida en función del bien común, habría inversión pública para entender y atender esta realidad.  Pero eso tampoco es (todavía) el caso de Guatemala.  Los dineros que el Estado destina a generar información que le permita conocer a fondo problemas y realidades de las mayorías es muy poca – cómo se conforman y funcionan nuestros mercados laborales, qué determina la productividad de nuestra mano de obra, qué dinámica tiene la pobreza, por qué hay trampas de desigualdad, cuáles con los patrones de nuestra escasa movilidad social, por citar solamente algunos ejemplos –. 

Para tratar de responder cosas como éstas hay que generar información estadística, cosa que no sucede con la frecuencia ni sistematicidad que se necesita.  Fundamentalmente por dos razones, creo yo, igualmente patéticas pero contundentes.

La primera, porque francamente no sabemos utilizar los datos, todavía nos cuesta sacarle todo el jugo que tienen.  Más bien los vemos como un delicatesen demasiado costoso, que solamente alimenta a los centros de pensamiento, universidades y a un par de periodistas que se avientan de vez en cuando unas gráficas medio chileras en la sección económica o dominical de nuestros diarios. 

Y la segunda, porque en países con rezagos estructurales, es decir pobreza y desigualdad viejas, subsiste esa noción de que las cosas no cambian porque no han cambiado.  Y entonces no hay razón para estar gastando los pocos centavos que le entran al fisco para monitorear fenómenos que de todas formas no aportarán información muy distinta de la que ya conocemos. 

Lo que se nos olvida es que sin información vamos tocando de oídas, de anécdotas, cuentos chinos y leyendas urbanas.  Sin información es muy difícil deconstruir narrativas, mitos, conceptos, imaginarios; la transformación de la realidad se hace más lenta y caemos en el círculo vicioso que le describía antes.    

Por eso, cuando el INE sale con una base de datos nueva hay que cacarearla, hacerle toda la bulla posible, y poner a todo mundo a estrujarla y discutir tanto los hallazgos como la calidad del dato.  Solamente así – ¡ojalá! – algún día escucharemos a ministros y presidentes dando declaraciones sobre medidas de política pública tomadas sobre la base de la información que genera nuestro instituto de estadística. 

Así que ¡enhorabuena muchachos por la última encuesta de empleo e ingresos (ENEI 2013)! Ahora toca repartir esas bases de datos como programa de cine, porque bien que información es poder. 

Prensa Libre, 3 de octubre de 2013. 
 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Economía, estratificación social y bienestar


“Si creen que pueden escalar estratos sociales tendrán un comportamiento distinto de si tienen una expectativa de inmovilismo y encierro.”

La aspiración a lograr mayores niveles de bienestar es algo así como el amor a la madre.  Nadie se atreve a negarlo, todos lo buscan de una manera u otra.  Y los que trabajamos en temas de desarrollo estamos permanentemente intentando respondernos una pregunta esencial: ¿cómo damos cuenta que una persona, hogar o grupo humano efectivamente tiene más bienestar que antes?  Una pregunta sencilla en su formulación pero compleja en su respuesta. 

Desde la perspectiva económica hay que reconocer que estamos (mal) acostumbrados a relacionar la noción de bienestar con variables como el consumo y el ingreso de los hogares.  Es la ruta más sencilla.  Consumo e ingreso se pueden observar, se pueden monitorear en el tiempo, se puede traducir en magnitudes de dinero, y se pueden agregar –lo cual nos permite pasar del bienestar de una persona al de una región o país entero–.  Todo eso hace que ambas variables, aunque incompletas, sean muy convenientes para los economistas.  Pero hay dos problemas en esto. 

Por una parte, hemos caído en la trampa de igualar bienestar con ingreso o consumo per cápita.  Es decir, haciéndonos de la vista gorda sobre todas aquellas otras dimensiones del bienestar que no siempre se pueden monetizar – la confianza, los bienes públicos, el capital social, etc. 

Pero más grave aún, los economistas hemos dejado de lado un análisis que es realmente esencial para entender el funcionamiento de la sociedad y la economía: la manera como se conforman los diferentes estratos socioeconómicos.  Entender la dinámica de generación de bienestar, sus distintos niveles, y conectar con eso que los sociólogos llaman movilidad social es algo tan importante como obvio, pero que extrañamente ha sido abandonado por el “mainstream” de las escuelas de Economía, cuando menos durante las últimas dos décadas. 

En los planes de estudio de Economía que rigen actualmente – de los cuales yo mismo fui responsable de construir uno hace algunos años – hemos dejado fuera el análisis de la conformación de grupos socioeconómicos en Guatemala.  En su lugar nos hemos conformado con inocular a los estudiantes de licenciatura un instrumental microeconómico que concibe a las personas como consumidores racionales, homogéneos, y que siempre son capaces de maximizar su consumo sujeto a una restricción presupuestaria. 

Es incuestionable la importancia de tener una base teórica desde la cual poder observar la realidad.  Pero es incompleto hacer caso omiso del entorno que rodea a ese consumidor etéreo que modelamos en los problemas de optimización.  Los economistas guatemaltecos de las últimas generaciones deben estar expuestos al tipo de sociedad en la cual se desarrollan los fenómenos económicos que intentan explicar con su instrumental analítico. 

No es lo mismo observar a un individuo en sociedades homogéneas como Montevideo, Helsinki o Calgary, que imaginarnos un consumidor en Sao Paolo, Guatemala o Lima.  Sus nociones de bienestar serán obviamente muy diferentes, y estarán condicionadas por lo que esperan de esa sociedad en donde viven y se desarrollan. 

Si creen que pueden escalar estratos sociales tendrán un comportamiento distinto de si tienen una expectativa de inmovilismo y encierro en la clase social donde nacieron.  En consecuencia, aquello que les genera bienestar también será distinto en cada lugar. 

Quizás es momento de sacudirle un poco el polvo a los programas de Economía que se ofrecen en el país, y hacer del estudio de los estratos socioeconómicos de Guatemala una práctica que equivocadamente hemos cedido a profesionales de la sociología y de la mercadotecnia.     

Prensa Libre, 26 de septiembre de 2013. 
 

jueves, 19 de septiembre de 2013

El carpintero y el Nobel


“(…) el carpintero y el Nobel describen, desde dos trincheras muy distintas, lo perverso y peligroso de vivir bajo estructuras sociales impermeables y rígidas.”

“Estudiá patojo, que es lo único que en este momento tenés que hacer en la vida”.  Esa frase nos la dijeron cuando niños y esa misma hemos repetido nosotros, los que tenemos hijos.  Los que hemos sucumbido bajo el mismo mantra de que la educación es la ruta más expedita y segura para lograr el éxito, o cuando menos un poco de más ingreso. 

Creemos que en el peor de los casos los títulos sirven para dar una señal de mercado (soy pilas), ojalá para construir redes de amistades en quienes apoyarse cuando toque salir a un mercado laboral cerrado y difícil (tengo cuates con pisto), y mejor aún si además dejan un mínimo de conocimiento técnico o profesional, para tener un oficio con que ganarse la vida (sé hacer algo). 

Esa es la “teoría de cambio” que nos han inoculado durante las últimas décadas.  Años de estar martillando que la creación riqueza, desarrollo y prosperidad de las naciones pasa por tener sociedades con clases medias robustas y educadas, con capacidad de compra y de participación ciudadana.  Y que ambas cosas, poder adquisitivo y ciudadanía, se logran automáticamente con mayores niveles de educación.   

¿Pues sabe qué?  No hay tal.  Usted y yo estamos equivocados.  No es así.  El mundo es mucho más descarnado y despiadado que ese cuentito de “Mi hijo el bachiller”.  Es mentira que la educación es condición suficiente para que su hijo y el mío sean prósperos y felices.  La educación no basta para tener más voz económica y política en el barrio donde usted y yo vivimos.    

Más bien, la prosperidad ilimitada parece ser algo finito, reservado a unos cuantos.  Por lo menos esas son las señales que permanentemente recibimos, no solamente en Guatemala sino en el resto del mundo. 

Como dijo un día un carpintero chapín: aquí los ricos ya están cabales usté.  Krugman lo pone en palabras más elegantes y nos dice que en Estados Unidos (sic) “los privilegios heredados están desplazando la igualdad de oportunidades, el poder del dinero está desplazando la democracia efectiva”.  Como sea, lo cierto y curioso es que el carpintero y el Nobel describen, desde dos trincheras sociales, intelectuales y geográficas muy distintas, lo perverso de vivir bajo estructuras sociales impermeables y rígidas.    

El mundo real nos está diciendo fuerte y claro que la educación por sí sola no basta, que la meritocracia no es lo más importante en los mercados laborales, que la movilidad social no sucede por el solo hecho de educarse y trabajar duro, y que la oferta y demanda de trabajo utilizan otros mecanismos mucho más subjetivos para emplear mano de obra – sobre todo calificada –. 

Interpelar de esa manera a la inversión individual y colectiva en educación es algo grave.  Pero al mismo tiempo es una gran oportunidad para revisar e incorporar en la ecuación del desarrollo aquellas otras variables  que deliberadamente hemos omitido.  Un Estado, un mercado y una sociedad construidos sobre la piedra angular de las conexiones y apellidos de sus miembros no es sana ni sostenible.  Entre más rápido asumamos esto más rápido saldremos adelante. 

Prensa Libre, 19 de septiembre de 2013. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Política social en reversa


“(…) como en realidad el padecimiento de los pobres es estructural, pues unos años más sin quien los atienda no les cambia nada.”
 
Ser los últimos en la adopción de políticas públicas no necesariamente tiene que ser algo malo.  Con la innovación generalmente viene asociado un proceso de aprendizaje, ensayo y error, que cuesta dinero al fisco – es decir a todos los contribuyentes – y tiempo – que en política es oro –.  De manera que entrar un tiempo después ofrece la oportunidad de aprender sobre lo ya andado por otros.      

En cuanto a política social mucho se ha señalado lo tarde que nuestros gobernantes llegaron a entender que construir modestas redes de protección social era algo no solamente necesario sino beneficioso para la población en pobreza y las comunidades donde estás habitan.   En su momento se señaló que el principal desafío que teníamos que afrontar era pasar de una iniciativa motorizada fundamentalmente por la entonces primera dama de la nación a un esquema que permitiera institucionalizar procesos y asignación presupuestaria para esa inversión en protección social que tanta falta le hace al país. 

¿Y entonces? ¿Qué pasó en el camino? ¿seguimos bien o perdimos el norte?  Los rumores que se escuchan en los pasillos de nuestra folclórica clase política sugieren que vicios viejos del pasado, diseños institucionales incompletos y el oportunismo político (por llamarlo de alguna forma) se engulleron en un santiamén una decisión que iba en la dirección correcta.  Creo que pocas veces en la historia de un Estado nacional un Ministerio ha sido tan cuestionado y puesto en la mirilla como hoy sucede con el MIDES.  Eso da rabia porque los errores cometidos han sido casi de libro de texto.      

Por supuesto que trasplantar los programas de un fondo social señalado de corrupción es un error.  Por supuesto que cualquier intento de politizar programas de protección social es un tremendo error.  Por supuesto que hacer única y exclusivamente transferencias condicionadas es un mayúsculo error.  Por supuesto que no institucionalizar mecanismos de focalización, monitoreo y evaluación con criterios estrictamente técnicos y sobre todo transparentes es un gravísimo error.  Pero es un error todavía más grande la actitud de nuestra clase política, que en vez de tomar el camino difícil, que sería enmendar la plana y aprender de lo que se ha hecho mal, reconociendo públicamente y comprometiéndose públicamente con un nuevo diseño institucional para el ministerio de desarrollo social, optan por la salida más fácil y rápida que es botar el agua con el niño adentro. 

Esas son las equivocaciones que nos damos el tupé de cometer ya sea porque tenemos una memoria histórica nula, o peor aún, porque como en realidad el padecimiento de los pobres es estructural, pues unos años más sin quien los atienda no les cambia nada.  Para ellos nos hay ni habrá nunca bonos que paguen deudas flotantes, ni devoluciones de IVA porque no exportan más que miseria, ni mega proyectos de infraestructura que les mejoren las condiciones de vida porque no tienen con qué pagar el cabildeo.  Nacieron jodidos y seguirán en su gran mayoría jodidos, solamente atendidos por algún narco que les haga un poco de política social a su manera.    

Eso sí, de una cosa podemos estar seguros y no habrá queja que valga: en el mediano plazo nos vamos a arrepentir por no aprender de una buena vez que hay políticas de Estado que deben continuarse, independientemente de la maternidad o paternidad de las mismas; y que las prioridades nacionales tienen que definirse en función de las necesidades de la mayoría.   Porque el día que ese montón de pobres se den cuenta que son justamente esa mayoría, y que con un poco de organización le pueden dar cara-vuelta a este despelote, ¡ese día que nos agarren confesados! 

Prensa Libre, 12 de septiembre de 2013.