“Sin información es muy difícil deconstruir narrativas, mitos, conceptos, imaginarios.”
Para la gran mayoría de la población la principal fuente de ingreso proviene de su trabajo. En países con Estados un poco más nutridos y presentes, la historia es un poco diferente. Allí las transferencias públicas en efectivo o especie constituyen una proporción importante de lo que las personas consumen. Pero ese no es nuestro caso todavía.
El
bienestar del chapín promedio depende esencialmente de su chamba – formal o informal,
eso al final es una exquisitez de intelectuales y tecnócratas –, y quizás de
los lenes que logre hacer al cambiar la remesa que le mande su papá, mamá, patojo
o patoja, desde el norte. En otras
palabras, los mercados laborales, nacionales o internacionales, juegan un papel
fundamental en la vida de todos nosotros.
Si la
política pública fuera concebida en función del bien común, habría inversión
pública para entender y atender esta realidad.
Pero eso tampoco es (todavía) el caso de Guatemala. Los dineros que el Estado destina a generar
información que le permita conocer a fondo problemas y realidades de las
mayorías es muy poca – cómo se conforman y funcionan nuestros mercados
laborales, qué determina la productividad de nuestra mano de obra, qué dinámica
tiene la pobreza, por qué hay trampas de desigualdad, cuáles con los patrones
de nuestra escasa movilidad social, por citar solamente algunos ejemplos –.
Para tratar
de responder cosas como éstas hay que generar información estadística, cosa que
no sucede con la frecuencia ni sistematicidad que se necesita. Fundamentalmente por dos razones, creo yo, igualmente
patéticas pero contundentes.
La
primera, porque francamente no sabemos utilizar los datos, todavía nos cuesta sacarle
todo el jugo que tienen. Más bien los
vemos como un delicatesen demasiado costoso, que solamente alimenta a los
centros de pensamiento, universidades y a un par de periodistas que se avientan
de vez en cuando unas gráficas medio chileras en la sección económica o
dominical de nuestros diarios.
Y la
segunda, porque en países con rezagos estructurales, es decir pobreza y
desigualdad viejas, subsiste esa noción de que las cosas no cambian porque no
han cambiado. Y entonces no hay razón
para estar gastando los pocos centavos que le entran al fisco para monitorear
fenómenos que de todas formas no aportarán información muy distinta de la que
ya conocemos.
Lo que
se nos olvida es que sin información vamos tocando de oídas, de anécdotas, cuentos
chinos y leyendas urbanas. Sin
información es muy difícil deconstruir narrativas, mitos, conceptos,
imaginarios; la transformación de la realidad se hace más lenta y caemos en el
círculo vicioso que le describía antes.
Por
eso, cuando el INE sale con una base de datos nueva hay que cacarearla, hacerle
toda la bulla posible, y poner a todo mundo a estrujarla y discutir tanto los
hallazgos como la calidad del dato. Solamente
así – ¡ojalá! – algún día escucharemos a ministros y presidentes dando
declaraciones sobre medidas de política pública tomadas sobre la base de la información
que genera nuestro instituto de estadística.
Así que
¡enhorabuena muchachos por la última encuesta de empleo e ingresos (ENEI 2013)!
Ahora toca repartir esas bases de datos como programa de cine, porque bien que información
es poder.
Prensa Libre, 3 de octubre de 2013.
No hay comentarios:
Publicar un comentario