jueves, 16 de diciembre de 2010

Tomando el pulso de las microfinanzas (II)

“Guatemala tiene mucho camino recorrido en el sector, pero también enfrenta retos muy concretos para potenciar aún más ese mercado cautivo que espera tener acceso a mayores y mejores productos financieros.”

En octubre del año pasado escribí una columna de opinión titulada “Tomando el pulso de las microfinanzas” en la cual comentaba el informe “Microscopio global sobre el entorno de negocios para las microfinanzas”. Dicho trabajo es elaborado por The Economist Intelligence Unit con el apoyo de FOMIN (BID), Corporación Andina de Fomento (CAF) y la IFC del Banco Mundial. Este año repito el ejercicio porque me parece útil comparar la evolución del sector desde el 2009.

El Microscopio es un esfuerzo que arrancó en el 2007. Construye un indicador que ordena a los países de acuerdo al nivel de desarrollo del sector de las microfinanzas. Para ello toma en cuenta tres categorías principales: marco regulatorio, clima de inversión y desarrollo institucional.

En aquella época era solamente para países de la región de América Latina y el Caribe, pero desde el año pasado se ha ampliado para incorporar a otras regiones del mundo como África Subsahariana, Este y Sur de Asia, Europa del Este y Asia Central y Oriente Medio y Norte de África.

En cuanto a marco regulatorio se analiza principalmente la capacidad del gobierno para supervisar el sector. En cuanto a clima de inversión se observan factores como estabilidad política, sistema judicial, transparencia de las instituciones de microfinanzas (IMF). Y en desarrollo institucional se considera la variedad de servicios ofrecidos por las IMF y el nivel de competencia del sector.

Al igual que el año pasado, Perú aparece como el mejor país evaluado del total de 54 países que componen la muestra. El mejor ubicado en Centro América es El Salvador (6), seguido por Nicaragua (13), Honduras (18), Guatemala (19) y Costa Rica (29).

El último país en la clasificación del Microscopio es Venezuela. Dentro de las razones que cita el informe anual están (sic) “distorsiones del entorno competitivo por causa de la fijación de tasas de interés y de la participación de entidades públicas subsidiadas, (…) deterioro del entorno macroeconómico y regulatorio, y la ausencia de una definición clara de microfinanzas, normativa y supervisión específicas”.

En el contexto centroamericano, el movimiento más drástico en el índice lo tuvo Nicaragua, quien el año pasado se ubicó en la posición 7 y este año descendió a la 13. Es el país que perdió la mayor cantidad de puntos debido a (sic) “los efectos negativos del movimiento No Pago sobre el marco regulatorio y las condiciones de financiamiento para las IMF.”

De las tres áreas que evalúa el índice, Guatemala obtiene el mejor puntaje en desarrollo institucional (puesto 7 de 54), seguida por clima de inversión (27 de 54) y finalmente marco regulatorio (32 de 54). El área en la que más posiciones retrocedimos con respecto al 2009 fue marco regulatorio, cayendo de la 26 a la 32.

La principal observación que el reporte hace a Guatemala tiene que ver con el marco regulatorio y supervisión. La ausencia de una legislación adecuada para atender al sector – algo que desde hace varios años se ha venido señalando, pero que por alguna razón no encuentra tracción suficiente en el parlamento. Consecuencia de lo anterior es que tenemos una reducida capacidad de supervisión hacia las instituciones no bancarias que atienden el sector, aún cuando son las IMF quienes han hecho una parte sustantiva del trabajo de profundización del mercado.

Paralelo al Microscopio se publicó un pequeño informe titulado “Microfinanzas en América Latina y el Caribe: el sector en cifras”, el cual hace un recuento de los principales indicadores de desempeño del sector en la región. Allí se citan las 20 mejores IMF de América Latina y el Caribe, evaluadas en tres dimensiones: alcance, eficiencia y transparencia. Guatemala vuelve a aparecer con dos instituciones: FONDESOL en el puesto 13, y Fundación Génesis Empresarial en el puesto 18. ¡Felicitaciones a ambos equipos por mantenerse en la lista!

Termino con la misma reflexión de hace un año: índices como Microscopio son valiosos porque ilustran las tendencias, los atributos, las cualidades, que internacionalmente se consideran valiosas en la industria microfinanciera moderna. Al final, estamos en un mundo globalizado, y por lo mismo somos observados y evaluados con una vara internacional.

Es verdad que Guatemala tiene mucho camino recorrido en el sector, pero también tiene una agenda muy concreta para potenciar aún más ese mercado cautivo que espera tener acceso a mayores y mejores productos financieros. Por lo tanto debemos seguir insistiendo y cuestionando qué piensan los jugadores locales al respecto – MINECO, REDIMIF, banca comercial, Comisión de finanzas del Congreso de la República, Junta Monetaria –. ¿Cuál es nuestro plan de acción para desarrollar esta industria nacional?

Prensa Libre, 4 de noviembre de 2010.

jueves, 28 de octubre de 2010

Más izquierda o menos izquierda

“Domésticamente el PT ha tenido la visión y decisión política para implementar transformaciones institucionales, permitiéndonos con ello repensar el rol redistributivo del Estado.”

Brasil es posiblemente el país con más peso político y económico en la América Latina de hoy. Después de haber estado por muchos años al borde del despegue, finalmente ocupa el lugar preponderante en la región y el mundo que se merece. Pero además, acompañado de un horizonte despejado que ofrece un espacio para que consolide y profundice su senda de desarrollo actual.

Todo ello se debe a una conjunción de varios factores favorables que han hecho entrar al país en una suerte de círculo virtuoso. Para comenzar han sabido explotar un liderazgo político fuera de serie. La presidencia de Lula y el Partido de los Trabajadores (PT) demostró una capacidad de proyectarse en el plano internacional como una opción de izquierda madura, adaptada a los tiempos modernos, siempre respetuosa de la institucionalidad democrática, alejada del populismo, y además capaz de tomar ventaja de un mercado global que le fue favorable la mayor parte del tiempo – incluso durante los años más difíciles de la última crisis económica internacional –.

Domésticamente el PT ha tenido la visión y decisión política para implementar transformaciones institucionales profundas, permitiéndonos con ello repensar el rol redistributivo del Estado. Además, hay que recordar que dicho esfuerzo tiene la legitimidad que otorga haberlo llevado adelante en una de las sociedades más desiguales del planeta – como bien sabemos, ¡no es lo mismo redistribuir oportunidades en Suecia o Finlandia que en Brasil o Guatemala! –. El resto de América Latina, y el mundo en desarrollo en general, no olvidará que el relanzamiento de las redes de protección social ha sido posible gracias a dos décadas exitosas de Progresa/Oportunidades, Chile Solidario y Bolsa Familia.

Incluso ahora, el momento electoral por el que atraviesa la democracia brasileña manda varias lecciones que debemos recoger otros países de la región. Por ejemplo, la primera vuelta ha dejando en claro que el mito de hacer cola para llegar a la Presidencia puede estar equivocado. Si bien funcionó en el caso de Lula, las últimas encuestas sugieren que es menos claro que vaya a cumplirse para el candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) – José Serra es también otra institución con una larga trayectoria en la vida política de aquel país.

Pero también es verdad que liderazgo político y popularidad no se pueden endosar. Aunque la candidata del oficialismo, Dilma Rousseff, lleve la delantera, ni por asomo ha sido una copia al calco de la casi idolatría que ciertos sectores de Brasil mantienen por el presidente saliente. Lo que sí es verdad es que están sentadas las bases para una participación activa y decisiva de las mujeres en la política de aquel país, visto que dos de los tres candidatos más votados en primera vuelta son mujeres.

Por otro lado, quedan tres lecciones para la nueva izquierda latinoamericana: primero, al igual que en Chile y Uruguay, las opciones de izquierda pueden repetir en el gobierno por medios democráticos. No deben pensarse como flor de un día. Segundo, la izquierda modernizante de la región finalmente ha encontrado un justo medio en donde se logra redistribuir oportunidades sin necesidad de matar la gallina de los huevos de oro: el crecimiento económico. Y tercero, el hecho que las opciones políticas de segunda vuelta sean social democracia ó PT, es reflejo de una sociedad que hoy se debate con comodidad suficiente entre más o menos izquierda.

Finalmente, en un sentido más amplio, queda claro que una receta electoral exitosa para un partido en el gobierno pasa por combinar una serie de elementos: un sólido liderazgo político, una coyuntura económica favorable, y una política social que acerca al Estado a las grandes mayorías. Es decir, aquellos a quienes en principio deben servir las instituciones públicas para hacer viable y sostenible un sistema democrático.

Aunque quizás sea prematuro aventurar un juicio histórico, y guardando las distancias propias de cada realidad, es posible que la izquierda brasileña esté pasando por sus veinte años de gloria, parecidos a los que tuvo la Concertación en Chile. El tiempo dirá. Por de pronto, el siguiente capítulo se escribirá el próximo domingo, cuando el pueblo vuelva a salir a las urnas a elegir entre sus dos izquierdas.

Prensa Libre, 28 de octubre de 2010.

lunes, 25 de octubre de 2010

¿Por qué no encuentro trabajo?

“¿Por qué es que hay muchas personas desempleadas al mismo tiempo que hay muchas plazas de trabajo disponibles?”

Hay pocos reconocimientos que despiertan tanta expectativa en el mundo entero como el premio Nobel. Desde 1901 se entrega dicho galardón a aquellos hombres y mujeres que hayan hecho contribuciones significativas en diferentes campos del conocimiento como física, química, psicología o medicina, literatura y paz. En 1968 se incluyó una nueva categoría, cuando el banco central de Suecia estableció el premio para las ciencias económicas.

A partir de entonces, casi todos los grandes nombres que resuenan en Economía están en la lista de premiados: Samuelson, Solow, Tinbergen, Kuznets, Leontief, Stigler, Buchanan, Coase, Becker, North, Lucas, Sen, Heckman, Akerlof, Kydland y Prescott, Phelps, Krugman, Ostrom, son solamente algunos de ellos.

Sus contribuciones han sido amplias y en muchos casos revolucionarias. Con ideas de crecimiento económico, costos de transacción, teoría monetaria y fiscal, capital humano y desarrollo, econometría, comercio y finanzas internacionales, comportamiento del consumidor y de la firma, etcétera, todos estos hombres y mujeres han estimulado la mente de millones de economistas alrededor del mundo.

Hay también algunos datos anecdóticos del premio que vale la pena conocer. Desde que se instauró ha habido 67 galardonados en 42 años – 22 han sido para una sola persona, 15 se han dado a dos, y 5 han sido compartidos entre tres premiados –; solamente hemos tenido una mujer premio Nobel en Economía: Elinor Ostrom, quien en 2009 compartió el reconocimiento con Oliver Williamson, en reconocimiento a sus contribuciones en temas de gobernanza; el más joven en recibir el galardón tenía 51 años – Kenneth Arrow en 1972 – y el más viejo tenía 90 años – Leonid Hurwics en 2007.

Este año la Real Academia de Ciencias de Suecia seleccionó a los profesores Peter Diamond del Massachusetts Institute of Technology, Dale Mortensen de Northwestern University y a Christopher Pissarides de la London School of Economics, (sic) “por sus análisis de mercados con fricciones de búsqueda”. Los tres premiados tienen una larga trayectoria de investigación y docencia en temas relacionados con mercados laborales. De hecho, son conocidos por su modelo Diamond-Mortensen-Pissarides (DMP) para estudiar fenómenos como los determinantes del desempleo.

El análisis de mercados con costos (fricciones) de búsqueda permite responder preguntas como ¿por qué es que hay muchas personas desempleadas al mismo tiempo que hay muchas plazas de trabajo disponibles? En otras palabras, ¿cómo es que compradores y vendedores en un mercado no pueden llegar a un acuerdo (precio y cantidad) de manera inmediata? En este caso se refieren a oferentes y demandantes de mano de obra (trabajo).

La explicación que dan los galardonados tiene que ver con los costos de búsqueda, tanto para las empresas al tratar de reclutar personal, como para los trabajadores al intentar encontrar la plaza de trabajo. A diferencia de un mercado en donde el producto es el mismo – por ejemplo el mercado de naranjas – en el mercado del trabajo el producto varía caso a caso. Las capacidades de las personas son diferentes y por ende su productividad también lo es. De igual forma las plazas de trabajo son distintas de una empresa a otra (incluso aunque sea la misma empresa en dos localidades diferentes), y por tanto las competencias laborales que se buscan son distintas.

Esta complejidad hace que la solución clásica de mercado, en donde compradores y vendedores se encuentran de forma inmediata, sin incurrir en costos adicionales para encontrarse uno al otro, y con información perfecta, simplemente no se cumple. De allí el atractivo de la teoría desarrollada por el modelo DMP y sus extensas aplicaciones e implicaciones de política.

Es muy probable que la selección de los galardonados este año haya estado condicionada por la coyuntura internacional, ya que la tímida recuperación del crecimiento económico no ha venido acompañada de mayor generación de empleo. Estudiar los mercados laborales vuelve a estar de moda, no solamente en la enseñanza de la Economía sino en la agenda de política pública.

En Guatemala, a pesar de tener una población mayoritariamente joven, y que desde muy temprana edad comienza a vender su fuerza laboral, lo laboral ha sido un tema poco estudiado. Quizás mucho tiene que ver por falta de información estadística confiable, pero también por una desconfianza y hermetismo hacia el tema producto de nuestra historia reciente.

En ese sentido, debiéramos aprovechar el momento para que centros de pensamiento, algunas dependencias del Estado dedicadas a la planificación estratégica, y el mismo Instituto Nacional de Estadística, dialogaran y construyeran una agenda de trabajo a mediano plazo. Entender y seguir de manera regular el comportamiento de nuestro mercado laboral es básico para el diseño de la política económica y social en el país. En él radica la fuente principal de ingresos de los hogares guatemaltecos, y por ende se constituye en el principal mecanismo de redistribución de todo lo que producimos.

Prensa Libre, 21 de octubre de 2010.

Nueva globalización para un mundo nuevo

“En palabras de Strauss-Kahn, para el hombre de la calle, una recuperación sin empleo no significa mucho.”

Dos veces al año representantes de los accionistas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional se reúnen para discutir sobre diferentes temas de interés global. Usualmente son Ministros de Hacienda y Presidentes de Bancos Centrales quienes, ejerciendo el cargo de Gobernadores ante las instituciones financieras internacionales, representan a sus respectivos países.

En dichas reuniones intercambian puntos de vista sobre los retos que presenta la coyuntura mundial, y también gestionan apoyos técnicos y financieros. Por su parte, la alta administración de tales organismos, aprovechando la oportunidad de tener congregados a todos los Gobernadores, les da algunos mensajes generales sobre tendencias de desarrollo y gestión económica.

En esta ocasión el Director Gerente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, se dirigió a la Asamblea con un discurso en el cual reflexiona sobre cuatro riesgos que tiene el mundo en los siguientes dos o tres años. Pero además, lanzó una hipótesis con respecto al nuevo modelo de crecimiento mundial.

El primer riesgo: la deuda pública. Es claro que ante la crisis los gobiernos, especialmente los de economías avanzadas, se endeudaron de forma atípica, producto de una merma en sus ingresos tributarios ocasionados por el bajo crecimiento económico, programas de rescate financiero y de estímulo fiscal. Antes de la crisis su coeficiente de endeudamiento con respecto al producto interno bruto era de 75%, ahora es de 110% (en el caso de Guatemala habríamos pasado de un 20% a un 23% entre 2008 y 2010). De manera que el reto es revertir dicha tendencia, consolidar las cuentas fiscales y garantizar su sostenibilidad a mediano plazo.

El segundo riesgo: un crecimiento económico que no resuelva el problema micro. La gran preocupación que se tiene hoy es que observamos una tímida recuperación económica, que no está siendo acompañada por generación de puestos de trabajo. Sabemos muy bien que la falta de empleo por períodos prolongados impacta de manera directa e irreversible en el capital humano de las nuevas generaciones, las cuales dependen en mucho del nivel de ingresos de los adultos.

Esto es particularmente cierto en países en desarrollo, donde la seguridad social todavía es mínima ó inexistente, y por lo tanto el ingreso mensual – o diario – de los hogares es prácticamente el único recurso para cubrir los costos de educación y salud de nuestros niños y jóvenes. En palabras de Strauss-Kahn, “(…) para el hombre de la calle, una recuperación sin empleo no significa mucho”.

El tercer riesgo: que lo urgente vuelva a relegar lo importante. Una vez apagado el incendio, la agenda preventiva a las causas del fuego usualmente pasan a segundo plano. En este caso las llamas aparecieron en el sistema financiero y por lo tanto más y mejor regulación financiera no basta. Debe acompañarse de una capacidad de supervisión más ágil, así como del diseño de mecanismos de resolución de crisis futuras.

El cuarto riesgo: olvidarnos del valor de cooperar. A medida que transcurre el tiempo, naturalmente los gobiernos pasan a prestar más y más atención a las demandas domésticas. Con ello han resurgido viejos temores de utilizar las divisas como instrumento de recuperación. El llamado que hace el FMI en este punto es a una “mayor cooperación por el lado monetario y en el sistema monetario internacional.”

Pero además de los cuatro riesgos que plantea el Director Gerente del FMI, lo que me pareció más provocador fue la visión que lanzó a la Asamblea de Gobernadores sobre el modelo de crecimiento a futuro. Strauss-Kahn se aventura a anunciar el fin de un largo ciclo de dos siglos, iniciado durante la Revolución Industrial. Un período en el que el paradigma dominante era que prosperidad y poder geopolítico estaba determinado por acceso diferenciado a tecnología.

En sus palabras, hasta hace doscientos años “(…) la fortaleza de una nación se medía por su población, principalmente porque la tecnología era casi la misma para todos”. Con la Revolución Industrial dicho esquema cambia, permitiendo diferenciación entre países gracias al tipo de tecnología al que tenían acceso.

Sin embargo, en las próximas décadas es posible que la tecnología vuelva a estar disponible para casi todo el mundo. Y con ello, podríamos regresar a una situación en la que un país grande muy probablemente será más fuerte que un país pequeño.

Las implicaciones para países pequeños y con baja presencia tecnológica – como somos la mayoría de centroamericanos – están a la vista. Dado que definitivamente no competimos por tamaño de nuestros mercados, quedan dos caminos. Por una parte, nos corresponde seguir apostando a la tecnificación de nuestra mano de obra. Y por la otra, explotar de manera sostenible nuevos nichos de interés global como conservación y manejo sostenible de recursos naturales.

Para Centro América, un campo de paradigma como éste no supone nada nuevo en su agenda de desarrollo. Más bien, las reflexiones del Director Gerente del FMI refuerzan la idea de seguir procurando inversión pública y privada en más y mejor salud y educación para nuestra gente. Para otros países de la región puede significar una oportunidad y responsabilidad históricas.

Prensa Libre, 14 de octubre de 2010.

jueves, 7 de octubre de 2010

El índice de oportunidades humanas

“El nivel de educación de los padres y le lugar de nacimiento siguen siendo predictores muy fuertes de las oportunidades futuras.”

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una presentación titulada “Un nuevo enfoque para la política social: midiendo el acceso a las oportunidades”. El expositor principal fue Marcelo Giugale del Banco Mundial y como comentaristas tuvo a Robert Kaufman, profesor de Rutgers University y Jeni Klugman del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

La discusión estuvo centrada alrededor de un nuevo índice de desigualdad que ha comenzado a generar el Banco Mundial, el cual tiene que ver con el concepto de “igualdad de oportunidades”. Sobre este tema el banco ha venido trabajado desde hace algún tiempo a través de proyectos de investigación publicados en un par de libros y artículos, incluso en el mismo “World Development Report” del año 2006.

Una discusión muy relevante para un continente como América Latina, en donde están 10 de los 15 países más desiguales del mundo, y en la cual claramente las cifras de crecimiento económico y reducción de pobreza de los últimos veinte años reflejan dos tendencias. Por una parte, un modesto crecimiento económico durante los noventas, que luego se acelera en la primera década del siglo XXI.

Por la otra, una reducción de pobreza muy volátil durante los noventas, que se acentúa durante estos últimos diez años. En otras palabras, la lucha contra la pobreza en la región está teniendo lugar y da muestras de avance. Seguramente no al ritmo que uno quisiera, ni en todos los países, pero mejoramos y eso es lo importante.

Sin embargo, las cifras de desigualdad son mucho menos alentadoras. De hecho, estamos por encima de regiones incluso más pobres que la nuestra (Africa Subsahariana), no digamos de países con mayor nivel de desarrollo (OECD). Esto es interesante, porque de alguna forma nos indica que la desigualdad tiene otra lógica. Que no necesariamente va de la mano del patrón de crecimiento económico ó de reducción de pobreza. La desigualdad parece tener raíces en temas de tipo institucional y de las oportunidades que como sociedad estamos dándole a nuestras nuevas generaciones.

La idea principal que subyace al concepto de igualdad de oportunidades que nos presenta el Banco Mundial es descrito con una pregunta muy ilustrativa: ¿cuáles son aquellas circunstancias personales, sobre las cuales un niño o niña no tienen ningún control o responsabilidad, y que determinan su nivel de acceso a determinados servicios básicos? Aquí es importante resaltar dos cosas. Primero, el énfasis en observar solamente niños o niñas, edad en la cual las circunstancias “heredadas” tiene un mayor peso en la vida. Y segundo, la correlación que existe entre tener acceso a determinados servicios básicos y la probabilidad de tener “éxito” (desarrollarse plenamente) en la vida.

De allí deriva el Índice de Oportunidades Humanas (IOH), el cual intenta medir qué tanto circunstancias personales (lugar de nacimiento, riqueza familiar, raza, género, educación de los padres, número de hermanos) impactan la probabilidad de que un niño acceda a los servicios necesarios para desarrollarse (acceso a agua potable, saneamiento, electricidad, terminar a tiempo el sexto grado de primaria).

La aplicación de este índice a datos de Latinoamérica arroja algunos resultados muy interesantes. Cito tres que me parecieron provocadores. Primero, los países con mejor IOH no comparten el mismo modelo de desarrollo (Chile, Uruguay, México, Costa Rica y Venezuela), lo cual sugiere que hay muchas formas de procurar equidad.

Segundo, el nivel de educación de los padres y le lugar de nacimiento siguen siendo “predictores” muy fuertes de las oportunidades futuras que una persona gozará. Un resultado que debe llamarnos mucho a la reflexión porque destila un determinismo perverso y una incapacidad como sociedad de darle oportunidades y movilidad social a las nuevas generaciones.

Tercero, cuando se ordenan de mayor a menor los índices de cada país de la región se observa una tendencia continua que se rompe con Centro América (salvo Costa Rica). Claramente hay un rezago muy fuerte en los centroamericanos con respecto al resto. Nos urge entonces escarbar más a profundidad para entender mejor la naturaleza de la desigualdad de oportunidades en estos cuatro países.

Para finalizar, me parece imperativo que los centroamericanos sigamos promoviendo discusión y debate sobre temas de equidad. Así como hemos avanzado en nuestra comprensión de otros temas igualmente importantes como el crecimiento económico y la reducción de pobreza, ahora necesitamos darnos el tiempo para comprender mejor nuestras fuentes de inequidad.

En ese sentido comparto la visión que ofrece el IOH cuando nos dice que (sic) “…mientras que la igualdad es controversial, la equidad cuenta con apoyo unánime a lo largo del espectro político”. Rompe con el típico “trade off” entre crecimiento económico y redistribución de riqueza. Y para países como Guatemala, encontrar conceptos que acercan posiciones políticas es un activo que como sociedad debemos aprovechar al máximo.

Si le interesa el tema, le recomiendo el sitio www.worldbank.org/lacopportunity.

Prensa Llibre, octubre 7 de 2010.

jueves, 30 de septiembre de 2010

¿Metas o aspiraciones del mileno?

“Apostarle demasiado a la cooperación internacional para salir del atraso es arriesgado y no garantiza un final feliz. Es mucho mejor negocio tratar de hacerlo con recursos propios.”

Fue en septiembre de 2000 cuando 189 países miembros de las Naciones Unidas adoptaron la Declaración del Milenio. Un documento que incluía compromisos y metas para la erradicación de la pobreza, la promoción del desarrollo social y la protección del medio ambiente. Desde entonces, mucha de la cooperación internacional, así como ejercicios de planificación económica y social de gobiernos de países en desarrollo gravitó alrededor del avance de lo que en adelante se ha conocido como los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM).

Dentro de los ODM que más han resonado está reducir en un cincuenta por ciento la proporción de personas que viven en pobreza extrema, la proporción de personas que sufren hambre, y de aquellos que no tienen acceso a agua potable. También hemos escuchado de una meta para que niños y niñas – por igual – sean capaces de completar el nivel de educación primaria y tengan igual acceso a todos los niveles de educación. Otra tiene que ver con reducir la mortalidad materna e infantil en dos terceras partes, y revertir la propagación del HIV-SIDA, malaria y otras enfermedades.

En aquel momento se fijaron un horizonte de quince años pero con una particularidad: el año que sería tomado como base sería 1990. Es decir, se daban 10 años “de ventaja” para no arrancar enteramente de cero. Para aquel entonces el año 2015 quedaba muy lejos, quizás lo suficiente para facilitar compromisos de quienes en ese momento tenían a su cargo la conducción política de sus respectivos países.

Hoy es el 2010 y estamos a menos de 60 meses de la línea de llegada. Ya se comienza a generar alguna ansiedad y sentido de urgencia. Tanto que durante la Asamblea de Naciones Unidas que tuvo lugar la semana pasada en New york se dedicó un espacio para la evaluación de los ODM.

A pesar de ser una aspiración noble y bien intencionada para toda la humanidad, los ODM tampoco han estado exentos de crítica. Algunos han señalado que las metas son demasiado ambiciosas para algunas regiones del mundo. Por ejemplo, en el caso de África Sub Sahariana, de acuerdo a su trayectoria de desarrollo social tendría que dar un giro espectacular para poder cumplir tales compromisos.

Sin embargo, también se reconoce que los ODM han tenido otros efectos colaterales positivos. Por ejemplo, revertir una tendencia de reducciones en ayuda internacional tras el fin de la Guerra Fría. Así también, han contribuido a cambiar el paradigma de la cooperación internacional para el desarrollo, antes anclado más en insumos – e.g. cantidad de centros de salud construidos – que en resultados – e.g. reducir la tasa de mortalidad materna –. Personalmente creo que si estas dos externalidades fueran el único saldo que nos dejara los ODM, ya se le habría hecho un gran favor al mundo en desarrollo.

Dentro de los informes que circularon previo a la cumbre de Naciones Unidas hay un artículo elaborado por el Centro para el Desarrollo Global, cuyos autores fueron Benjamín Leo y Julia Barmeier. Se lo recomiendo. En poco más de quince páginas trata de salirle al paso a una crítica que se ha hecho al monitoreo de avances y retrocesos en ODM: concentrarse en tendencias agregadas (globales o regionales), minimizando con ello comportamientos diferenciados a nivel de país. Construyen un índice relativamente sencillo que evalúa la trayectoria en el cumplimiento de los ODM a nivel nacional, y se lo aplican a un grupo de 139 países, fundamentalmente aquellos de renta baja y media.

Dentro del grupo de países de renta baja la revelación es Honduras, punteando en primer lugar. Y dentro de los coleros están Burundi, la República Democrática del Congo, Afganistán y Guinea Bissau. En el grupo de países de renta media aparecen China, Ecuador y Túnez como los mejores y Bulgaria, Gabón y las islas Marshall como los más rezagados. Guatemala forma parte del grupo de mejor desempeño entre los países de renta media.

Los resultados generales del análisis dejan dos buenas noticias y plantean dos tareas pendientes. Las buenas nuevas son que el indicador con mejor desempeño en toda la muestra de países es el de igualdad de género; por otra parte, los países de renta baja (países más pobres) tienen un buen desempeño en el indicador de reducción de pobreza extrema. Las tareas pendientes tienen que ver con mejorar el desempeño relativo a HIV-SIDA y mortalidad materna.

Aunque quedan algunos años para el 2015, ya se pueden observar ciertas tendencias. Algunas de ellas corroboran lecciones ya recogidas en la literatura del desarrollo desde hace varios años. Menciono tres: primero, países en conflicto ó con altos índices de violencia tendrán más dificultad para cumplir con los ODM; segundo, cada vez es más clara la relación positiva que hay entre desarrollo, calidad institucional, crecimiento económico, y niveles de ingreso; y tercero, apostarle demasiado a la cooperación internacional para salir del atraso es arriesgado y no garantiza un final feliz. Es mucho mejor negocio tratar de hacerlo con recursos propios.

Prensa Libre, 30 de septiembre de 2010.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La década ganada

“Hoy podemos echar mano de lo que está cocinándose bajo el crecimiento económico peruano, la recuperación de espacios públicos de los colombianos, las redes de protección social uruguayas, la reducción de pobreza y desigualdad brasileña ó la profundización democrática costarricense.”

Cuando éramos estudiantes de universidad recuerdo cómo nuestros maestros y los principales analistas políticos y económicos nos hablaban de la década de los ochentas, refiriéndose a ella como “la década perdida”. Era el tiempo en que Latinoamérica daba el trago amargo de haberse puesto a juguetear con su gestión macroeconómica. Eran años de mucha intolerancia y un establishment claramente anti democrático. Días de palabras proscritas como progreso social, pobreza, reformas fiscales, redistribución del ingreso y derechos humanos. En el caso de Centro América, fue una época en que la región literalmente se desangraba por sus ideas políticas – tristemente hoy lo ha vuelto a hacer pero por razones más baratas y viles como la droga y el crimen organizado –.

Afortunadamente ha corrido agua bajo el puente, y hemos logrado superar varios de los problemas de entonces. Tanto así que el mundo nos ve de otra manera. Algunos incluso aventuran a decir que estamos ante “la década de América Latina”. En la actualidad prácticamente toda la región abraza la democracia como sistema político; los conflictos armados son parte de un capítulo duro y doloroso, pero que ya nadie considera como opción para llevar adelante transformaciones sociales y económicas aún pendientes; el crecimiento económico, aunque todavía modesto y volátil, poco a poco se ha ido quedando en nuestros países y contribuye a mejorar el nivel de vida de nuestra población; la gestión macroeconómica prudente nos parece hoy una obviedad, cuenta de ello es que La Gran Recesión no hizo tanto daño como en otras partes del planeta.

A propósito de los avances que hemos dado en las últimas décadas, la edición de The Economist de esta semana ha publicado un especial sobre América Latina. Francamente vale la pena leerlo despacio. Toma bastante bien la temperatura a nuestros países y sus principales retos de desarrollo.

En una de sus secciones el reporte aborda la agenda de progreso social en la región. Comienza por reconocer la reducción de pobreza que América Latina ha experimentado en los últimos años, explicando dicho avance básicamente por tres factores: crecimiento económico, control de la inflación, y programas sociales focalizados a los más pobres. Es cuando menos interesante el análisis que hace con respecto al crecimiento de la clase media baja en varios de nuestros países, tema que da para amplia discusión y debate.

Sin embargo, también enciende luces de alerta temprana sobre los nuevos desafíos que hoy se dibujan sobre nuestra agenda social. Por ejemplo, diseñar programas de reducción de pobreza urbana que sean tanto o más exitosos que los de pobreza rural; el desafío de lograr calidad educativa, dado que prácticamente hemos superado el reto de la cobertura en ciertos niveles; la reforma al gasto público, para darle más progresividad y capacidad de atención a la amplia masa de economía informal; así como la consolidación de nuestros incipientes sistemas de protección social.

En síntesis, aunque hay signos de avance, ello no es razón para ser autocomplacientes. Más bien, si de algo debemos cuidarnos los latinoamericanos es de no quedarnos atrapados en esos equilibrios de “baja intensidad”, en donde por una parte la crisis no llega a niveles que provoca procesos de transformación profunda; y por la otra, la inercia de un crecimiento mediocre y un Estado con poco músculo tampoco detonan círculos virtuosos de prosperidad y progreso.

Afortunadamente contamos con casos exitosos que ya han abierto brecha en diferentes áreas de desarrollo político, económico y social de la región. A diferencia de la década de los años noventa, cuando solamente teníamos el referente del milagro económico chileno, hoy podemos echar mano de lo que está cocinándose bajo el crecimiento económico peruano, la recuperación de espacios públicos de los colombianos, las redes de protección social uruguayas, la reducción de pobreza y desigualdad brasileña ó la profundización democrática costarricense, por citar algunos ejemplos.

Si estos cambios positivos se generalizan, es posible que en unos cuantos años podamos hablar de una “década ganada” para América Latina. Ello pasa por promover más integración y cooperación sur-sur, que permita una activa polinización cruzada entre nuestros pueblos. Ese es un camino muy efectivo para acortar tiempo y brecha en países como Guatemala, que todavía tienen importantes rezagos por atender y revertir.

Prensa Libre, 16 de septiembre de 2010.

Nuevo fondo

“Así son las emergencias en países institucionalmente débiles. Alborotan hormigueros a cual más, pero solo lo suficiente para recuperar el endeble equilibrio pre crisis.”

Muchos tenemos la sensación que Guatemala pasa por uno de sus momentos más bajos en la historia reciente. Tratando de ser objetivo no podría decir cuánto de tal percepción se amplifica por la integración de ciertos segmentos de la sociedad que tenemos la capacidad de discutir en tiempo real e inocularnos mutuamente opiniones, fuentes de información y estados de ánimo.

De cualquier manera, el impasse político, la inseguridad ciudadana y los eventos naturales nos mantienen a raya y en boca de los principales medios de comunicación mundial. Lo peor de todo es que cuando creímos por fin haber tocado fondo, ¡zángana!... pues fíjese que siempre no. Hace muy poco fue la primera tormenta tropical de la temporada que vino “acuachada” con la erupción de un volcán y hundimientos en pleno centro de la ciudad. Pusieron a todo mundo a correr como pollos sin cabeza. Y no había terminado de asentar el polvo cuando aparece un invierno record.

Francamente somos como de libro de texto. Guatemala parece caso de estudio de un libro que salió al mercado un libro titulado “The Black Swan”, en alusión a aquellos fenómenos que tienen muy poca probabilidad de que ocurran, pero que cuando llegan a suceder tienen efectos profundos en las condiciones de vida de las personas. De verdad que la tentación de leer el momento por el que atraviesa el país como nuestro cisne negro es muy grande – y no me refiero solamente en lo climático –.

Pero más allá de ponernos a calcular probabilidades, lo más grave es que en su gran mayoría, todos son desastres para los que tenemos conciencia plena de lo que van a implicar y a quienes van a afectar más profundamente. Como dice una nota de la BBC al citar el último informe de evaluación global sobre la reducción del riesgo de desastres, publicado por Naciones Unidas y el Banco Mundial: “(…) las comunidades más vulnerables sufren una parte desproporcionada de las pérdidas. (…) Los hogares pobres también suelen tener una menor capacidad de respuesta puesto que carecen de capacidad para movilizar o acceder a los activos necesarios para paliar las pérdidas (…) y rara vez tiene cobertura mediante seguros o sistemas de protección social.”

A eso habría que sumar el natural aumento poblacional acompañado de ninguna o muy poca planificación urbana y territorial, generando asentamientos en zonas de mucha vulnerabilidad como son las laderas y riberas de ríos. Claro está que muchas veces no es por falta de visión de mediano plazo sino por una razón mucho más elemental: la urgente necesidad de tener un techo (¡de la calidad que sea!). Así es la pobreza que vive la mitad de nuestra gente.

En el mediano plazo los restos están a la vista: levantar fondos para reconstrucción de la infraestructura, mitigar daños en la producción agrícola y agroindustrial a fin de contener aumentos en desempleo y prepararnos para nuevas crisis de seguridad alimentaria. Todo suena como a agua mojada. Todas son recomendaciones que ya se conocen desde hace tiempo. Entonces la pregunta interpelante es ¿por qué demonios no podemos salirnos del libreto de crónica de una muerte anunciada?

Entre tanto, la gritería de nuestras elites y liderazgos sigue siendo la misma: que si tantos puentes rotos, que si tramos carreteros mal construidos, que si aldeas y caseríos incomunicados, que si insuficiencia de recursos para atender emergencia, que si el mejor mecanismo es el presupuesto o más deuda externa, que si mejor antes interpelamos a fulano o a mengano, que si esto ayuda a tal o cual candidato, que si la cúpula tal o la conferencia cual protestan pero no proponen. Así son las emergencias en países institucionalmente débiles. Alborotan hormigueros a cual más, pero solo lo suficiente para recuperar el endeble equilibrio pre crisis.

De la seguidilla de eventos críticos destila una única y triste conclusión: incomunicación generalizada en el país – física, institucional, política y social. Diálogo de sordos. Y así es muy difícil poner en pie nación alguna. No se escucha con claridad el mensaje de nuestros liderazgos, aún y cuando tenemos dos grandes oportunidades para convocar a la unidad nacional y enrumbar nuevamente a Guatemala: la reconstrucción y la lucha frontal contra el crimen organizado. ¿Será que todavía nos falta tocar un nuevo fondo?

Prensa Libre, 9 de septiembre de 2010.

Éxito rural, reto urbano

“La pobreza y desigualdad urbana tiene una naturaleza muy diferente, quizás más compleja, que la pobreza y desigualdad rural.”

No es difícil imaginarse a Guatemala como un pequeño Brasil. Su diversidad climática, étnica, niveles de pobreza y desigualdad, el rol de sus elites económicas, y un pasado compartido de difícil transición democrática, hacen que ambos países tengan mucho de qué hablarse uno al otro; y en el caso de Guatemala, mucho que aprender de lo andado por el gigante de Suramérica.

Un pequeño ejemplo de ello lo tenemos en nuestra política social, en donde los guatemaltecos también hemos apostado al concepto de transferencias condicionadas en efectivo como herramienta para la reducción del a pobreza. En Brasil el programa Bolsa Familia ha recibido un particular impulso institucional y político desde el año 2003 con el gobierno del Presidente Lula. Desde entonces ha hecho significativos esfuerzos por ampliar su cobertura e impacto social, convirtiéndolo en pieza clave para la función redistributiva de aquel Estado. Hoy tiene prácticamente garantizada su continuidad en la siguiente administración que los brasileños elegirán el mes próximo.

En esa línea, hace algunas semanas apareció un reportaje publicado en la revista The Economist, discutiendo de forma prospectiva el programa insignia de la política social en aquel país. Vale la pena compartir algunos mensajes porque mucho de lo que allí se dice puede perfectamente trasplantarse a cualquier otra nación latinoamericana que esté utilizando instrumentos similares para atender a su población más pobre.

Las bondades y debilidades de Bolsa Familia están a la vista. Pero además son debatidas abierta y ampliamente, lo cual suma a favor de la transparencia y apropiación del concepto por parte de la sociedad. Los números duros revelan que dicha intervención ha contribuido en menos de 10 años a reducir el índice de desigualdad de Gini de 0.58 a 0.54, ha acelerado un proceso de reducción de pobreza y desnutrición rural – fenómeno que ya venía dándose desde la década de los noventa –, y además no ha representado un costo demasiado alto para el erario público – más o menos 0.5% del PIB.

A pesar de ello, la discusión parece estar puesta hacia el nuevo y principal reto que tiene el programa: cómo hacerlo igualmente efectivo en un contexto de pobreza urbana. Por ejemplo, hoy se discute si las transferencias condicionadas en las ciudades han dejado a muchos hogares pobres en una condición relativamente peor que la que tenían antes, cuando eran usuarios de un conjunto de transferencias gubernamentales tales como programas contra la desnutrición infantil, subsidio a combustibles para cocinar, transferencias para adolescentes, entre otros.

De igual forma se debate sobre los impactos sobre trabajo infantil, en donde aparentemente el programa no ha sido tan efectivo, ni en el campo ni en la ciudad. Pero sobretodo en contextos urbanos, en donde el monto de la transferencia que se da a los hogares parece insuficiente para cubrir lo que los niños podrían ganar haciendo trabajos informales en las calles.
En resumen, los brasileños tienen ya una idea bastante acabada en cuanto a beneficios y retos que Bolsa familia deberá enfrentar en los próximos años. La intervención ha sido exitosa en términos de reducción de la desigualdad y pobreza. Sin lugar a dudas ha beneficiado a los hogares más necesitados del ámbito rural. Ha cerrado brechas campo-ciudad en cuanto a escolaridad y desnutrición infantil. Y todo ello a un costo relativamente bajo comparado con la cobertura y el impacto socioeconómico alcanzados.

Sin embargo, evidencia acumulada de varios años de monitoreo y evaluación ya alerta sobre la necesidad de hacer ajustes para reconocer características diferentes entre la población más pobre, particularmente la que vive en centros urbanos. Hay que revisar el sistema de incentivos que tiene el programa para sacar a más y más niños fuera de las calles y llevarlos hacia escuelas y centros de salud.

Ha quedado claro que la pobreza y desigualdad urbana tiene una naturaleza muy diferente, quizás más compleja, que la pobreza y desigualdad rural. Por tanto, los ajustes que se darán en el área urbana probablemente apuntarán a volver “más competitivos” los beneficios de Bolsa Familia con respecto a otras fuentes alternativas de ingreso. Incluso quizás sea necesario complementar con otro tipo de intervenciones que vayan más allá de la transferencia de dinero.

De cualquier manera, si hubiera que resumir en una línea programas como este, diríamos que son un éxito rural y un reto urbano.

Prensa Libre, 2 de septiembre de 2010.

jueves, 26 de agosto de 2010

Política fiscal, pobreza y desigualdad

“La porción de gasto dedicado a asistencia social en la región parece ser mucho más costo-efectiva que la parte asignada a seguridad social.”

El Inter American Dialogue publicó esta semana su tercera nota de política Síntesis, titulada “La política fiscal y los pobres en América Latina”. Un documento que en poco más de tres páginas esboza con gran nitidez los rasgos más sobresalientes de la política fiscal en la región, identificando las principales causas de su fracaso para reducir pobreza y desigualdad.

Lo hace de dos maneras. Por una parte, comparando a la región con los países miembros de la OCDE, con lo cual logra un efecto de claroscuro que llama a la reflexión sobre lo que podría llegar a ser el músculo fiscal latinoamericano. Y por la otra, citando cifras y estudios todos relativamente recientes y de autores diversos y reconocidos, dando así autoridad suficiente a la línea de argumentación.

Por el lado de los ingresos fiscales la radiografía revela, entre otras cosas, una incapacidad muy grande para redistribuir; bajos niveles de recaudación (a pesar de contar con tasas impositivas no muy distintas a otras regiones del mundo); importantes agujeros negros de deducciones, exenciones y vacíos legales; incapacidad de desplazar la carga de ingresos tributarios desde los hogares pobres y de clase media hacia los hogares más ricos; y una seria debilidad para recaudar impuestos individuales sobre la renta (e.g. mientras que la OECD recauda por este concepto cerca del 9 por ciento del PIB, América Latina ligeramente supera el 1 por ciento).

Por el lado del gasto los problemas tampoco son menores. A pesar de haber aumentado su nivel en las últimas décadas, los beneficios de dicho gasto – ya sea en forma de servicios o de transferencias de ingreso – no están llegando a la población más pobre. Sobre este último punto es interesante el análisis que hace sobre los recursos públicos dedicados a educación, señalando dos problemas fundamentales: bajos niveles de calidad y deficiente focalización. Alarman los datos con respecto a beneficiarios del gasto en educación por cada nivel educativo, de lo cual se deduce que es urgente trabajar en la progresividad, sobre todo en el caso de educación media y superior.

Para terminar, el reporte cierra con una discusión que es central para la definición del papel redistributivo del gasto público, y que pasa por el rol que juegan las transferencias públicas. Dichas transferencias típicamente vienen en forma de seguridad social (pensiones ó seguro al desempleo) ó de asistencia social (transferencias condicionadas o no condicionadas).

Contrario al imaginario que muchos comparten, la porción de asistencia social no solamente alcanza un magro 15% del gasto en transferencias públicas, sino que además evidencia niveles aceptables de focalización hacia los estratos socioeconómicos más bajos. Lo opuesto sucede en el caso de la seguridad social, en donde no solamente son quintiles superiores de población los más beneficiados, sino que además por su capacidad de movilización social y presión política logran imponer rigideces que hacen más difícil la implementación de reformas. En suma, la porción de gasto dedicado a asistencia social en la región parece ser mucho más costo-efectiva que la parte asignada a seguridad social.

Después de leer el documento quedé con un sabor de boca agridulce. Sin decirlo de forma explícita, deja en el ambiente dos mensajes muy sutiles. El primero tiene que ver con el profundo poder y valor que tiene el cabildeo en la construcción y conducción de los Estados – particularmente los latinoamericanos, que adolecen de una crónica debilidad institucional, muchas veces en un contexto de sociedades segmentadas, así como de procesos políticos que impiden pensar el quehacer público con una perspectiva de mediano plazo –.

El segundo mensaje, todavía más sutil, se deduce de hacer un rápido análisis de procesos fallidos y exitosos de reforma en la región, en donde el hilo rojo de procesos exitosos ha sido la construcción de confianza entre actores con capacidad de un efectivo cabildeo político. Parece que es allí en donde reside en última instancia la posibilidad de transformación o estancamiento indefinido de cualquier agenda.

La historia de la región demuestra una y otra vez que siempre se puede construir una línea argumental técnicamente fundamentada, sin que ello garantice reforma alguna. De la misma manera, con un efectivo cabildeo ejecutado por operadores políticos conscientes de su entorno idiosincrático, hasta la más débil de las propuestas coge vuelo. Pan para nuestro matate.

Prensa Libre, 26 de agosto de 2010.

lunes, 23 de agosto de 2010

¿Pensar y escribir para quién? (Marcela Gereda)

Mis héroes son los campesinos, la gente de a pie.

Hace algunos días conversaba con un amigo y reconocido antropólogo, entre otras cosas hablámos de la urgente necesidad que tenemos intelectuales y gente de ciencias sociales de democratizar y desmonopolizar el conocimiento.


Es muy característico de las ciencias sociales pensar para sí misma. No llegar a dar explicaciones a la gente, con la que y sobre la que describe fenómenos sociales. Al igual que muchos artistas posmodernos, muchos científicos sociales son elitistas. Vemos en centros de investigación enormes anaqueles de publicaciones que no las lee ni Dios.


En un país como el nuestro, deberíamos de pensar para todos. Hacer investigación no sobre la subalternidad sino con la subalternidad. ¿De qué sirven las grandes publicaciones si las leen sólo los intelectuales?, ¿puede el periodismo alternativo ser un vehículo para democratizar y desmonopolizar el conocimiento?


Para dar vida a un texto, partimos de la necesidad urgente de que las ciencias sociales tengan un terreno para hablar a la sociedad en toda su amplitud. Parto de la necesidad de incorporar el arte y la cultura como herramienta explicativa de lo que somos y de por qué las cosas son como son.


Con el periodista polaco Ryzard Kapuscinsky, creemos que es fundamental que un periodista esté entre la gente sobre la cual va, quiere o piensa escribir. La mayoría de la gente en el mundo, vive en muy duras y terribles condiciones y si no las entendemos y compartimos, no tenemos derecho a escribir.


Todo lo que dicen los medios debe ponerse a prueba por la experiencia y la reflexión. Para explicar, para informar de una verdad se tiene qué tener un conocimiento directo, físico, emotivo, olfativo, sin filtros ni escudos protectores, sobre aquello de lo que se habla.


Me encanta intentar combinar los registros de la antropología en un espacio periodístico. Es decir, la observación participante. Para comprender una cultura ajena hay que internarse y asentarse en su tierra. Sólo así podrá captarse esa “otredad”. Para ello hace falta estar dispuesto a movernos, a ser nómadas, a saber regalar sonrisas.


Hoy leemos la gran mayoría de los periódicos y sentimos que todo es una gran tomadera de pelo. Hay una parte de las historias que parecen estar ausentes. Nos hacen falta los personajes del campo, la vida marginal. Pareciera entonces que los periódicos y telenoticieros hablaran de un cuerpo incompleto, donde falta una mitad. Entonces sucede que las historias que nos llegan ignoran a una población, que es la mayoría.


En un tiempo de oscuridad, en el que nos relacionamos casi sólo como mercancías, donde todo se legitima y da continuidad a la máquina perversa que es el mundo que habitamos, creo que lo que nunca olvidaremos de los periódicos es lo que hay en ellos de buena literatura y de buena crítica cultual. Es desde ahí que podemos rescatar los destellos que descubren el lado oculto de la vida. Y volver a intentar relacionar la cultura como patrón de conducta a través de una historia y no como una invención postiza.


Muchas veces no escribimos de grandes acontecimientos, ni de personajes poderosos, aunque unos y otros estén presentes como sombras. Mis héroes son los campesinos, la gente sencilla, la gente de a pie, los pescadores, los artesanos, los panaderos, la gente que vive cada día como un fin en sí mismo.


Hay mentiras a medias y verdades a medias. Las que se repiten una y otra vez parecen convirtiéndose en verdades. De lo que hay que huir es de creer que se posee la verdad absoluta. Y de las posturas científicas que adoran la verdad y la estadística. La verosimilitud no es una media, no se obtiene de la estadística.


Dice Walter Benajamin que la condición de escuchar consiste en olvidarse de uno: “cuanto más olvidado de sí mismo está el que escucha, tanto más profundamente se imprime el relato en el que lo escucha”.


Para quienes buscamos dar una explicación a nuestro tiempo, ¿podemos asumir el desafío de amar la escritura y no a nosotros en la escritura, de amar el arte y no lo que hay de nosotros en arte, buscar desmonopolizar el conocimiento y escribir y pensar para los otros

elPeriodico, 23 de agosto de 2010.

jueves, 19 de agosto de 2010

Bienes públicos para el campo

“Algunos años más tarde y tres o cuatro crisis bajo el cincho, hemos aprendido que las condiciones estructurales de nuestro país obligan a pensar en mezclas más balanceadas entre la acción pública y la iniciativa privada.”

Ayer salió publicada una pequeña nota de prensa en la que se comenta sobre la reactivación del Sistema Nacional de Extensión Agrícola (SNEA) del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA). Es una de esas noticias que salen chicas y usualmente pasan desapercibidas, pero que reflejan cambios conceptuales importantes en la forma de imaginar nuestro Estado y el diseño de las políticas públicas. Por esa razón creo que vale la pena dedicarle un poco de tinta.

La nota dice que el SNEA se reactivará – después de 14 años de no funcionar – con una inversión de 20 millones de quetzales, con lo cual se podrá dar asistencia gratuita a pequeños y medianos agricultores a través del apoyo de 800 técnicos agrícolas y la instalación de agencias en diferentes municipios del país. En la actualidad ya se han instalado 37 en Zacapa, Chiquimula, Baja Verapaz y El Progreso. Para fines del 2010 se espera llegar a 87 y para el 2011 a 214 agencias en total.

Básicamente los servicios de extensión agrícola son una forma de aplicar la investigación científica a las prácticas agrícolas a través de educación y asesoría técnica. El grupo objetivo es la población rural y los técnicos (extensionistas) son profesionales de diferentes disciplinas tales como agronomía, administración de negocios y mercadeo de productos.

La premisa que subyace a dichos servicios es que a través de la aplicación de técnicas y conocimiento científico moderno se puede elevar la productividad – es decir, mejorar cantidad y calidad producida – de los pequeños agricultores. Con ello se proveen los medios para generar mayor ingreso y empleo rural conducentes a un mejoramiento en las condiciones de vida del campo.

En el caso de Guatemala, la provisión pública de dichos servicios de extensión se abandonó hace una década y media. Eran aquellos los años en que nuestro país escuchaba muy atentamente las recomendaciones del Consenso de Washington. Tiempos en los que prevalecía un clima para replantear (reducir) el papel que el Estado en la Economía. Hoy, algunos años más tarde y tres o cuatro crisis bajo el cincho, hemos aprendido que las condiciones estructurales de nuestro país obligan a pensar en mezclas más balanceadas entre la acción pública y la iniciativa privada.

De manera que la idea de recuperar ahora la provisión pública de los servicios de extensión puede que tenga sentido. Además, porque tenemos en la actualidad la posibilidad de promover espacios de cooperación con la comunidad científica nacional. Contamos con muchos campus regionales de diferentes universidades tanto privadas como pública a lo largo del país. Lógicamente ese debiera ser un aliado natural del SNEA porque ofrece institucionalidad, capital humano cualificado y conocimiento rural base para relanzar dicho sistema.

Sin conocer detalles de la arquitectura que las autoridades del MAGA han pensado para relanzar este sistema, lo importante debe ser rescatar las lecciones aprendidas a lo largo de nuestra historia reciente. En otras palabras, hay que tratar de entender el espíritu de la reforma anterior que llevó al abandono por parte del Estado por tantos años.

Claramente el punto flaco de todo bien público está en un adecuado sistema de incentivos que garantice calidad. En el caso de los servicios de extensión la calidad es lo que los agricultores más pequeños y vulnerables necesitan para poder competir en un mercado abierto y globalizado. En ese sentido, promover la competencia entre extensionistas puede que sea una forma de lograrlo, aunque no necesariamente la única.

En una perspectiva más amplia, lo fundamental debiera ser preservar el principio de subsidiariedad, según el cual la autoridad central asume su función subsidiaria cuando participa en aquellas cuestiones que, por diferentes razones, no puedan resolverse eficientemente en el ámbito local o más inmediato. Es decir, en tanto dichos servicios no puedan ser proveídos con calidad y pertinencia de manera privada, el acceso debe garantizarse a través de instancias superiores de organización social.

Ello, por supuesto, no implica de forma alguna que la única y exclusiva fuente de provisión sea el gobierno central. Hay en nuestro Estado niveles inferiores y más cercanos a las comunidades que con el tiempo y un adecuado fortalecimiento institucional deben llegar a hacerse cargo de las necesidades de sus poblaciones.

Por de pronto es bueno recobrar conciencia de dos cosas. Primero, que el ámbito rural necesita urgentemente bienes y servicios públicos como los servicios de extensión agrícola. Y segundo, que el Estado puede y debe jugar un papel asegurando una adecuada provisión de los mismos.

Prensa Libre, 19 de agosto de 2010.

jueves, 5 de agosto de 2010

Más que bajo ingreso

“Llevar una vida digna o estar en capacidad de ejercer mis derechos no es algo que se puede comprar con tan poco dinero.”

Simple es bello, dice el refrán sajón. Sin embargo, la simpleza acarrea costos que en ocasiones pueden implicar desviarnos del objetivo deseado. Algo parecido nos ha pasado con la medición de la pobreza en países en desarrollo. La medición es una de las dos preguntas más viejas que han acompañado el debate. La otra es la conceptualización misma de la pobreza. Ambas están íntimamente relacionadas, pero cumplen fines muy distintos. Mientras que la definición permite quedarse en el plano de lo teórico y especulativo, la medición necesariamente obliga a aterrizar y hacer “tangible” el concepto.

En el caso de la medición de pobreza humildemente hay que reconocer que hemos optado por simplificar – ¡a veces a costa de empobrecer el debate conceptual! –. El paradigma que impera es usar indicadores monetarios tales como uno o dos dólares diarios por persona. Con eso nos ha bastado por varios años para caracterizar poblaciones y decir cosas como “en aquel país hay tantos miles de pobres” ó “en aquella otra región cuesta tantos millones de quetzales eliminar la pobreza”.

Por supuesto que dicha simplificación tiene alcance limitado. De allí que la crítica nunca se ha hecho esperar. ¡Será para menos! Tan sencillo como que llevar una vida digna o estar en capacidad de ejercer mis derechos no es algo que se puede comprar con tan poco dinero.

Sin embargo, la discusión conceptual ha seguido avanzando en paralelo, reconociendo que la condición de pobreza está determinada por muchos otros factores además de la cantidad de ingreso diario de que disponen las personas. En otras palabras, la pobreza es algo multidimensional.

Recientemente la teoría y los métodos de medición se han movido otro poco, como intentando unir los dos enfoques prevalecientes: necesidades básicas insatisfechas (NBI) y el de líneas de pobreza (indicador monetario). Ambos tienen sus fortalezas y sus limitaciones. Individualmente nos revelan solamente unas pocas facetas de lo que implica ser pobre. ¿Por qué no intentar juntarlos entonces?

En el año 2007 el Departamento de Desarrollo Internacional de la Universidad de Oxford lanzó un Centro para la Investigación de la Pobreza y el Desarrollo Humano. Uno de sus proyectos insignia es OPHI, el cual se propuso como meta implementar una metodología de medición de pobreza, bautizada como el índice de pobreza multidimensional – MPI por sus siglas en inglés –. (Dicho sea de paso, el reporte de Desarrollo Humano de Naciones Unidas para el año 2010 utilizará algunos de los resultados de dicho esfuerzo.)

El índice, como su nombre lo indica, intenta recoger varias dimensiones de la vida humana que debieran ser tomadas en cuenta al momento de clasificar a la población como pobre o no pobre. Recoge variables de educación, salud, condiciones materiales de la vivienda, acceso a servicios, entre otras. En eso se parece mucho al NBI.

Pero además, tiene la cualidad de integrar todas esas dimensiones de una manera tal que permite medir las condiciones de vida de la población de forma muy parecida al enfoque de líneas de pobreza. Bajo dicho indicador, un hogar es considerado pobre si está privado del 30% de las dimensiones que contempla dicho indicador, sin importar cuáles sean estas dimensiones.

Llama la atención cómo los primeros resultados que han salido de la aplicación de este nuevo índice pueden cambiar el ordenamiento (ranking) de países, y con ello la noción que tenemos de ellos y su nivel de desarrollo. Así por ejemplo, mientras que Etiopía duplica su nivel de pobreza bajo el índice multidimensional en comparación con la medición de ingreso, Tanzania y Uzbequistán tienen el efecto contrario. Para el caso latinoamericano, el MPI ya ha sido calculado para países como Argentina, Brasil, Chile, El Salvador, México y Uruguay.

Además, el índice puede descomponerse para poder observar con mayor claridad el “tipo” de pobreza que enfrentan personas en diferentes regiones de un país. Con ello se identifica de mejor manera el tipo de necesidades de diferentes grupos poblacionales, y por consiguiente se puede mejorar el diseño de intervenciones privadas ó públicas.

Finalmente, en un plano más filosófico, el valor del proyecto OPHI es que es un nuevo intento por tratar de encontrar formas mejores y más prácticas de medir el bienestar, acercando conceptos relativamente complejos a instrumentos de fácil aplicación y mucha utilidad para la política pública. Al final del día lo que cuenta en el campo del desarrollo es lo que se pueda hacer con una idea para transformar una realidad.

Prensa Libre, 5 de agosto de 2010.

martes, 3 de agosto de 2010

La paradoja de la educación

“Ambas fuerzas (fertilidad y participación) operan en el mismo sentido: a mayor educación se acceden a mejores trabajos, se planifica más el tamaño del hogar, y por ende el ingreso per cápita de la familia aumenta.”

Si hay una recomendación cajonera en el ámbito del desarrollo económico es la inversión en educación. Los ejemplos nos vienen por docenas, en estudios teóricos, en análisis de política pública, en diseño de programas sociales, en recomendaciones de ajuste macroeconómico cuidando de tocar lo menos posible el gasto público social. En fin, para donde uno voltee a ver se topa con que indefectiblemente es bueno que los países inviertan en más y en mejor educación para su gente.

Pero más allá de esa conclusión general, al tratar de hilar un poco más fino nos damos cuenta que hay menos discusión sobre los efectos que tiene la inversión en educación sobre variables como la pobreza y la desigualdad. Campo fértil en países con características como las de Guatemala.

Evidencia empírica reciente para el caso de países en Asia y América Latina ha revelado que hay fuerzas que operan de manera contrapuesta sobre estos dos fenómenos (pobreza y desigualdad). Tanto así que han dado por llamarlo “la paradoja del progreso”. Cuando se analizan por separado los impactos de la educación en la pobreza y la desigualdad aparecen por lo menos cuatro efectos muy claros, dos relacionados con la pobreza y dos con la desigualdad.

En el caso de la pobreza, la expansión en educación tiene un efecto directo y uno indirecto. El efecto directo tiene que ver con el mayor número de años de escolaridad que las personas pueden vender en el mercado laboral por un salario. Es lo que comúnmente se conoce como retornos a la educación, ya que educarse es finalmente una inversión en un tipo particular de capital (ie. capital humano) y por lo tanto se espera obtener algún retorno. Luego, a mayor educación mayor posibilidad de ingreso.

Por otra parte, el efecto indirecto tiene que ver con el ingreso disponible de los hogares. A mayor educación mayor ingreso disponible. ¿Por qué? Aquí operan dos factores básicamente: el primero tiene que ver con las tasas de fertilidad de la población. Hay evidencia que señala una correlación negativa entre el nivel de escolaridad de las personas y el número de hijos que desean tener. Pero además, porque a mayor educación también aumenta la participación de las personas en el mercado laboral. Este último factor es particularmente visible en el caso de las mujeres. ¡Obvio!, no es lo mismo salir a trabajar con un hijo que con cuatro o cinco.

En todo caso, ambas fuerzas (fertilidad y participación) operan en el mismo sentido: a mayor educación se acceden a mejores trabajos, se planifica más el tamaño del hogar, y por ende el ingreso per cápita de la familia aumenta.

En cuanto a la desigualdad la historia es un poco más compleja. Aquí operan otros dos mecanismos. El primero tiene que ver con los retornos diferenciados a la educación. No se gana lo mismo por aumentar un año de escolaridad de primero a segundo de primaria que de tercero a cuarto de bachillerado. Al contrario, la evidencia apunta a que cuando se aumenta un año de educación en la población, se benefician en una proporción mayor aquellos que ya tenían más escolaridad que el resto.

El segundo mecanismo tiene que ver con las implicaciones de corto plazo que tiene mandar a nuestros jóvenes a la escuela. Es ampliamente reconocido que, sobre todo en hogares pobres, la fuerza laboral del hogar la constituyen incluso niños y adolescentes. Luego pedirles que se eduquen implica una reducción en el ingreso corriente del hogar. Con ello no solamente se corre el riesgo de profundizar la pobreza, sino que además se aumenta la desigualdad, ya que esa decisión no la tienen que tomar hogares con más posibilidades económicas.

De manera que ambas fuerzas apuntan en dirección a aumentar la desigualdad, por lo menos de forma transitoria, hasta que la población más pobre logra acumular un stock de educación tal que le permite beneficiarse de los retornos crecientes que tiene la educación.

Es aquí en donde reside la paradoja. Por una parte reduce pobreza y cierra la brecha histórica que existe entre diferentes grupos – hombres versus mujeres, indígenas versus no indígenas, etc. –. Pero por otra parte también hay que reconocer que la inversión en educación también puede implicar por un tiempo aumentos en la desigualdad de ingresos.

Por supuesto, tal evidencia de ninguna manera significa que debamos dejar de educar a nuestra población, ¡para nada! Simplemente señala que hay que estar preparados para asimilar posibles aumentos transitorios en la desigualdad de ingresos a través de redes de protección social. Por lo menos mientras se logra que la mayoría pueda educarse lo suficiente y desarrollarse según sus capacidades.

Prensa Libre, 29 de julio de 2010.

viernes, 23 de julio de 2010

Solamente intuición no basta

“Si los hogares logran aumentar sus fuentes de ingreso pueden consumir más y mejores bienes y servicios, mejoran sus condiciones de vida y por ende la pobreza se reduce.”

Cuando el viento sopla favorablemente no hay problema. Inconvenientes menores pasan desapercibidos porque la mayoría de las cosas caminan bien y hacen ver el panorama global positivo a pesar de un par de nubes aquí y allá. El problema viene cuando la marea cambia y las crisis se vuelven norma más que excepción. Allí es al revés, pequeñas cosas positivas pasan ninguneadas porque el malestar es generalizado.

Algo así nos pasó con las últimas crisis y sus efectos sobre la pobreza, desigualdad (¡y hasta la gobernabilidad!). Durante la primera mitad de la década actual la economía guatemalteca creció a tasas más o menos robustas, por lo que relativamente la fuimos pasando sin mucha pena ni gloria.

Hace un par de décadas en Guatemala se solía decir que el mejor Ministro de Finanzas era un buen precio del café. Hoy creo que podríamos ajustarlo y decir que el mejor Presidente es una tasa alta de crecimiento económico. Son frases muy simples pero que resumen mucho del país que tenemos, con su gran potencialidad y sus problemas estructurales de pobreza, exclusión, y desigualdad de oportunidades.

La parte positiva, para analistas y gobernantes al menos, es que no se necesita mucha información estadística reciente para poder atinarle a lo que está pasando y poder prescribir una que otra medida – ¡otro cuento es la implementación de soluciones! Tome como ejemplo el momento actual en donde mucho se ha debatido sobre los efectos de las crisis más recientes, quiénes pudieron ser los más afectados y qué instrumentos de política son los más adecuados para la recuperación económica.

En general se escucha más intuición que evidencia empírica. Y no porque en el país se carezca de la capacidad técnica para analizar fenómenos sociales, sino más bien porque nuestra información estadística envejece.

En el caso de la pobreza, una de las herramientas utilizadas para analizarla es explicar sus cambios en el tiempo de acuerdo a dos factores: crecimiento económico y redistribución. La lógica es muy simple: si los hogares logran aumentar sus fuentes de ingreso pueden consumir más y mejores bienes y servicios, mejoran sus condiciones de vida y por ende la pobreza se reduce.

Para los hogares más pobres dicho aumento de ingreso proviene fundamentalmente de dos fuentes. Una es aquellos ingresos que se perciben en el trabajo – ya sea porque aumenta el número de horas trabajadas, ó porque las personas se vuelven más productivas y les aumentan el salario, ó porque más personas en el hogar salen a trabajar y poder así contribuir a la economía familiar –. La otra puede ser porque son hogares sujetos de programas sociales –becas y bolsas de estudio, programas de alimentación escolar, pensiones, transferencias del gobierno, ó simplemente por tener un mayor acceso a salud y educación gratuita –.

Ambas fuentes (crecimiento y redistribución) se reflejan en la información de las encuestas de hogares y pueden ser estudiadas a lo largo del tiempo. En el caso de nuestro país, datos del año 2000 y 2006 revelan cómo ciertos grupos de población han sido impactados por la vía del crecimiento, la redistribución ó ambos. Así por ejemplo, la poca reducción de la pobreza que tuvo lugar en poblaciones rurales y en grupos indígenas – particularmente el Qeqchí y el Kaqchikel – parece haber dependido casi por completo del crecimiento. Por el contrario, entre la población no indígena y el grupo Mam los datos sugieren que funcionó alguna combinación de crecimiento y redistribución.

Pequeños pero informativos análisis de este tipo son importantes ya que nos permiten un mejor diseño de la política pública, una mayor comprensión de la estructura económica y la racionalidad que han seguido diferentes gobiernos en cada momento. Pero además, ilustran sobre la importancia de la focalización, y el monitoreo constante que debe hacerse de las condiciones de vida de nuestra población.

Sería tremendamente útil poder contar con mucha más investigación que amarre y reconstruya de forma sistemática nuestra historia económica y política pública, sobre todo a la luz de los múltiples shocks que hemos vivido en tan sólo diez años, y las diversas formas en que nuestro Estado ha tratado de atenderlos.

¿Qué habrá pasado con las condiciones de vida de los guatemaltecos en los últimos cinco años? ¿Cómo estarán los niveles de pobreza y desigualdad después de la recesión, la crisis alimentaria y los desastres naturales? Dos preguntas de mucha actualidad, pero que al no contar con información reciente no nos queda más que decir “supongo que ha empeorado”. En este caso solamente intuición no basta.

Prensa Libre, 22 de julio de 2010.

viernes, 16 de julio de 2010

Claros y de acuerdo

“La seriedad de nuestras autoridades monetarias y fiscales ha sido la norma más que la excepción en la historia contemporánea del país.”

El último tema económico que se ha puesto en el ambiente tiene que ver con el nivel de endeudamiento del país. Aún cuando se ha intentado darle un enfoque aséptico a la discusión, la visión que priva entre el grupo de guatemaltecos que lee y escribe es de cierto llamado a la cautela. Todos sugieren que hay que ponerle atención al asunto porque se nos puede llegar a salir de las manos.

La gran mayoría de argumentos que se esgrimen son válidos, pero también hay que reconocer que algunos son usados con más maña que otros. Al final del día hay que comprender que la opinión pública, al igual que la política, tiene mucho de percepción, y por tanto se vale empujar diferentes visiones de la realidad.

Dentro de los señalamientos que se han hecho, está la importancia de no comprometer nuestra preciada y reconocida estabilidad macroeconómica. Sobre este punto cabe reconocer la seriedad de nuestras autoridades monetarias y fiscales, algo que ha sido la norma más que la excepción en la historia contemporánea del país. Ponerse a jugar al alquimista con la política económica sería un suicidio, no solamente para el gobierno sino para la sociedad en general. Fue esa misma prudencia macroeconómica la que nos dio el modesto espacio fiscal para atender las últimas crisis que nos han golpeado. En eso creo que todos estamos claros y de acuerdo.

El problema es que seguimos enfrentando shocks externos, y claramente la estrategia de endeudamiento no puede ser la misma de hace dos años. Será necesario apuntalarla con otras medidas complementarias, que además de hacerla financieramente viable y sostenible, den toda la credibilidad que se necesita para entrar al 2011 con unas cuentas macroeconómicas a prueba de toda duda. En eso creo que también estamos claros y de acuerdo.

Por otro lado aparecen algunos otros argumentos más alarmistas, en ese mismo afán de llamar a la prudencia, pero que a la larga pueden generar más ansiedad de la necesaria. Por ejemplo, señalar que la comparación de nuestro nivel de deuda contra el PIB es un ejercicio engañoso e irrelevante. El problema está en pedirle a un solo indicador que nos entregue toda la información que necesitamos. (Por cierto, hay un juego de presentaciones muy ilustrativas sobre el tema deuda, hechas por el MINFIN y BANGUAT, y que se colocaron en la página de internet de un medio escrito local.)

Siguiendo la analogía con la economía familiar, un hogar puede financiarse completamente con deuda – por un tiempo relativamente corto, claro está. O también puede financiarse con deuda por un período más largo, eso sí, para hacer ciertas inversiones específicas: la educación de sus hijos, la ampliación de su casa, o la compra de un vehículo. En ambos casos el supuesto de fondo es que, al hacer dichos gastos e inversiones, las personas tendrán la posibilidad de generar mayor ingreso en el futuro, y con ello poder repagar sus deudas.

Así, los estudiantes universitarios en América del Norte usualmente se endeudan por 50 ó 60 mil dólares al año por un período de cuatro ó cinco años, a pesar de que su perfil de ingreso al momento al salir de la escuela secundaria sea de solamente 24 mil dólares anuales.

De manera que negarle un crédito de estudio a un joven bajo el argumento que sus ingresos no cubren ni la mitad de lo que está pidiendo prestado, o a un hogar para comprar su casa porque el ingreso total familiar no alcanza para pagar toda la deuda, pareciera contradecir el funcionamiento mismo de los mercados de crédito.

Esos mismos mercados también nos explican por qué sería arriesgado que las compañías de tarjetas de crédito le enviaran certificados de extra financiamiento a un tarjetahabiente que vive pagando solamente su cuota mínima mensual. Más aún cuando su patrón de consumo es comidas en restaurantes, joyas, ó viajes de placer. A la postre se generaría una espiral de gasto e insolvencia financiera de la cual es muy difícil salir.

Igualmente peligroso e insostenible sería que mamá o papá fueran al supermercado todos los meses y compraran la comida al crédito, sin ninguna intención de aumentar la porción de su salario dedicado a pagar por eso que ha consumido. Todos los que somos padres o madres sabemos que cuando los hijos crecen, las necesidades crecen con ellos, y por ende el presupuesto familiar para cubrirlas debe irse ajustando en forma proporcional, dentro de nuestras posibilidades.

Los párrafos anteriores son tres formas de ilustrar una parte solamente de lo que hoy sucede en Guatemala. De modo que hay que ser prudentes al ejemplificar la actual coyuntura para no pecar de simplismo. En esta tarea sí que nos pueden ayudar mucho las autoridades monetarias y fiscales, haciendo fluir toda la información y explicaciones que hagan falta. Ello no solamente educa a la ciudadanía en temas tan trascendentes, sino que de facto se fortalece una forma de auditoría social. En eso también creo que todos podemos estar claros y de acuerdo.

Prensa Libre, 15 de julio de 2010.

sábado, 10 de julio de 2010

COSEFIN

“Las finanzas públicas dejaron de ser un tema estrictamente de impuestos y gastos domésticos y han mutado hacia algo más global y complejo.”

Hasta hace algunos años, cuando en los países de Centro América se hablaba de relaciones internacionales, integración, y las instituciones que pueden impulsar dichos temas, se solía pensar casi exclusivamente en los Ministerios de Relaciones Exteriores. Era un tema más entre muchos que componen la nutrida agenda de los gobiernos. Eso ha cambiado radicalmente producto del dinamismo que nos ha impuesto la globalización.

En la actualidad, prácticamente todos los ministerios conforman el Organismo Ejecutivo tienen una instancia regional de coordinación. Es una evolución natural en la institucionalidad de los gobiernos. Que tiene todo el sentido del mundo porque los niveles de interdependencia regional y mundial, así como han facilitado el avance en muchos órdenes de la vida, de igual forma han venido acompañados de problemas y retos que hoy superan las capacidades de nuestros Estados nacionales en su formato actual.

El combate al crimen organizado, la agenda de migración internacional, el cambio climático, y la armonización de políticas comerciales son solamente algunos de los múltiples ejemplos que hoy obligan a sentarnos a la mesa entre países, para diseñar abordajes supranacionales a situaciones que impactan el día a día de nuestra gente. La aldea global finalmente se hizo realidad.

Es en dichos foros donde los ministros de la región se reúnen a conversar, entre homólogos, sobre temas de preocupación o interés común. Allí cruzan información, identifican áreas de convergencia, y muchas veces hasta construyen mensajes de región hacia otros actores regionales y globales que necesitan escuchar una voz y punto de vista unísono de países como los nuestros – pequeños y con peso e incidencia internacional limitados.

En el caso centroamericano lo interesante es observar cómo el proceso de madurez institucional y el regionalismo han alcanzado incluso a los Ministerios de Finanzas, quienes también han llegado a sentir la necesidad de una instancia de diálogo regional para impulsar temas de hacienda y crédito público. La razón es simple: las finanzas públicas dejaron de ser un tema estrictamente de impuestos y gastos domésticos y han mutado hacia algo más global y complejo.

Desde esa perspectiva, el músculo financiero del Estado – en este caso entendido como una adecuada gestión de los recursos públicos que le confiere la ciudadanía en la forma de impuestos – es una pieza clave; y que por lo tanto debe funcionar en armonía con todas las otras manifestaciones de ese mismo Estado para atender las necesidades de su población.

En tal contexto hacia el año 2006 se da vida al Consejo de Ministros y Secretarios de Hacienda o Finanzas de Centroamérica, Panamá y República Dominicana (COSEFIN). La agenda de trabajo ha sido muy rica desde sus inicios. Pero de forma muy especial durante los años 2008 y 2009, cuando estuvo fuertemente marcada por la crisis internacional y la modesta respuesta contra cíclica que nuestros gobiernos pudieron dar a la misma.

Allí fueron significativas varias declaraciones conjuntas de nuestros titulares del tesoro porque dieron un mensaje de unidad y preocupación compartida. Pero además, porque sonó como voz de alerta a los grandes organismos multilaterales, para no dejar en segundo plano las necesidades de apoyo técnico y financiero que tenían y siguen teniendo los vecinos más pequeños y modestos del barrio.

Por supuesto que el trabajo del COSEFIN también se compone de otros temas que superan la coyuntura, como por ejemplo: aspectos de unión aduanera, combate al contrabando, coordinación de las políticas fiscales, capacitación para cuadros técnicos, entre otros. En un sentido más amplio, lo interesante de este foro permanente de ministros de hacienda es que ha ido poco a poco encontrando su espacio propio en la dinámica y arquitectura de la integración centroamericana.

Como cualquier institución joven, ha tenido que pasar por un proceso de gestación y consolidación no exenta de dificultades. Naturalmente ha descansado en sus primeros años de vida en el dinamismo y personalidad de aquellos ministros que fueron los padres y madres de la criatura. Hoy día, salvo los ministros Guevara de Nicaragua y Bengoa de República Dominicana, prácticamente todos han cambiado. Unos como producto del recambio que acompaña los ciclos políticos de nuestras democracias, y otros a consecuencia de movimientos y coyunturas al interno de gabinetes de gobierno.

COSEFIN enfrenta hoy varios retos institucionales y políticos tanto o más importantes como los de los años recientes. Las estrategias de salida a los impulsos fiscales dados durante la crisis, el diálogo con organismos multilaterales para la concepción e implementación de un nuevo regionalismo, y las urgentes necesidades que impone la recuperación de la senda del crecimiento con equidad, son solamente algunos de los temas que abonan la agenda de los responsables de las finanzas públicas centroamericanas.

En lo inmediato, el desafío más grande de dicha instancia probablemente sea consolidarse más allá del protoplasma de turno. Algo que por el bien de la región esperamos que sea así.

Prensa Libre, 8 de julio de 2010.

jueves, 24 de junio de 2010

Ocho lecciones en ocho años

“En algún sentido, los académicos se constituyen en la reserva intelectual de los países, aportando, auditando, y proponiendo soluciones técnicamente fundamentadas a los problemas nacionales.”

Hacia el año 2002 el Gobierno de Chile dio vida a un programa social llamado “Chile Solidario” (CHS), con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de las familias en extrema pobreza. La aspiración de dicho programa era erradicar la pobreza extrema para el año 2006.

Originalmente estuvo dirigido a 225 mil familias, población clasificada como extremadamente pobre, de acuerdo a una serie de instrumentos con que cuenta el gobierno para identificar y medir las condiciones de vida de su población. Una cifra relativamente baja para un país de poco más de 16 millones de habitantes.

Sin embargo, con los años la experiencia ha dejado en claro que la reducción – ni se diga erradicación – de la pobreza extrema es un reto mayúsculo, incluso para países con crecimiento económico sostenido e instituciones bastante consolidadas. Después de 8 años de implementación, un grupo de trabajo formado por académicos chilenos especializados en política pública nos comparte algunas lecciones aprendidas en torno al programa. Resumo algunas de ellas, pensando en lo que puede ahorrarnos tiempo y dinero en la construcción de nuestro propio sistema de protección social en Guatemala.

Primera: “el derrame salpica pero no empapa”. Ha quedado claro que en términos de equidad y superación de la pobreza el crecimiento económico, por muy vigoroso que sea, no basta. Debe ser complementado con la acción redistributiva del Estado, acercando instituciones y programas a los más necesitados y vulnerables de la sociedad.

Segunda: “hay muchos caminos para llegar a Roma”. Por años hemos santificado la política de protección social anclada alrededor de transferencias condicionadas en efectivo a la mexicana y brasileña. A veces en desmedro de evaluar modelos alternativos como Chile Solidario, cuyo centro de gravedad está en un componente de apoyo psicosocial que busca generar capacidades en un sentido más amplio, para que las familias salgan de su condición de pobreza extrema.

Tercera: “dar pan hoy pero también enseñando a pescar para mañana”. Es decir, hay que concebir estas intervenciones con una estrategia de salida. En el caso de CHS se concibió un componente llamado Bono de Protección a la Familia, que es una transferencia en dinero cuyo monto disminuye gradualmente en el tiempo.

Cuarta: “lo que no se puede medir también cuenta”. A contrapelo del paradigma positivista, y de una larga tradición chilena de estudio cuantitativo de la Economía, el programa CHS no concibió desde su inicio una estrategia de evaluación robusta. Sin embargo, ello no ha sido razón para impedir que el programa siga adelante, sino más bien es visto como una lección aprendida, área de mejora para una eventual reforma y afinamiento de dicha intervención.
Quinta: “no sólo de pan vive el hombre”. Evaluaciones parciales dan cuenta de cómo el CHS no ha sido capaz de mejorar sustantivamente las condiciones de empleo e ingresos, pero sí ha tenido efectos positivos en la autoestima y motivación de las familias participantes.

Además, la evidencia cuantitativa disponible sugiere que los hogares en extrema pobreza no son un grupo estático. Algunos logran salir de dicha condición y otros desafortunadamente caen en ella ante diferentes shocks. Esta dinámica, entre otras cosas, está generando interesantes reflexiones en cuanto a la forma de medir pobreza en el país, moviéndose hacia enfoques multidimensionales.

Sexta: “no pedir peras al olmo”. Dado que Chile Solidario no cuenta con herramientas directas para generar empleo e ingresos, las expectativas sobre los resultados esperados no pueden ir en esa dirección, sino que tienen que ajustarse y valorarse de acuerdo al modelo de intervención.

Séptima: “para conocer a Miguel hay que vivir con él”. Un buen diagnóstico es fundamental al inicio de cualquier programa. Ello permite identificar claramente las necesidades y características de la población objetivo, y por tanto un buen diseño de política. En el caso de CHS parece que los diagnósticos iniciales no fueron del todo capaces de capturar adecuadamente la situación y comportamiento de los hogares beneficiarios. Ello significó una subestimación en las metas propuestas originalmente.

Octava: “el gobierno, al igual que Pinocho, necesita de Pepe Grillo”. El rol que ha jugado la Academia ha sido fundamental en el funcionamiento del sector público chileno. Tanto para ocupar cargos públicos en diferentes dependencias (ie. transferencia tecnológica), como para servir de caja de resonancia y señalar áreas de mejora (ie. auditoría social). En algún sentido, los académicos se constituyen en la reserva intelectual de los países, aportando, auditando, y proponiendo soluciones técnicamente fundamentadas a los problemas nacionales.

Estas ocho lecciones que destilan de la experiencia chilena pueden perfectamente envasarse, tropicalizarse y consumirse en Guatemala. Es lo que en la jerga del desarrollo se llamaría cooperación Sur-Sur, en donde las lecciones aprendidas, buenas y malas, son compartidas con otras sociedades para ahorrarles tropezones y dolores de cabeza innecesarios. ¡Ojalá!

Prensa Libre, 24 de junio de 2010.

jueves, 17 de junio de 2010

Suspendidos en el tiempo

“Guatemala es un país de contrastes, como escribiera Alberto Fuentes Mohr hace cuarenta años.”

¡Guatemala no cambia, nunca va a cambiar!, me dijo hace veintitantos años una señora por quien guardo especial aprecio. Entonces no comprendí ni compartí su sentimiento y significado. Con el tiempo he ido constatando que había mucho de verdad en sus palabras. Cinco trozos, que dibujan “escenas diferentes” en 150 años de historia, le dan la razón. ¡Va por usted doña Mimi!

La ciudad no había cambiado mucho desde que los “salvajes” de Carrera custodiaron las calles polvorientas. Aparte de haber terminado la construcción de la catedral, el Fuerte San José y un teatro nacional que parecía fuera de lugar en una ciudad de sólo mil doscientas casas, el gobierno no había invertido mayor cosa en el desarrollo urbano. Por lo mismo, cincuenta mil personas vivían cómodamente detrás de gruesas paredes blancas de adobe que resguardaban los anchos patios interiores. Las calles sin pavimentar se convertían en ríos de lodo durante la temporada lluviosa, pero las fuentes y jardines rompían la monótona serie de casas bajas, distribuidas en la clásica parrilla española, con las elites habitando el núcleo de casas que circundaba la Plaza Central. (Ciudad de Guatemala en 1870, “El ascenso de las élites industriales en Guatemala”, Paul Dosal).

Ubico resolvía en el momento: me destituyen al contralor, le dan cien palos al maestro, usted se casa con la señorita, y todo cuanto hubiera que disponer. Con frecuencia él mismo aplicaba los castigos, ya sea por la vía del fuete o de las patadas. Al poco tiempo llegó Arévalo y la gente se reunió, como era costumbre, para plantearle sus problemas al Señor Presidente. Arévalo respondía explicando a qué instituciones debían acudir para resolver esos problemas, pues eso era lo que mandaba la ley. “Y dónde están esas instituciones”, preguntaba la gente. “En la capital”, respondía él. O sea, a días de camino, y sólo para iniciar un proceso de nunca acabar. Cuando Arévalo partía, la gente se quedaba comentando: “Este no ha de ser el presidente porque no manda”. (Giras presidenciales al interior en los años cuarenta, “Las huellas de Guatemala”, Gustavo Porras Castejón).

Tina tenía dos hijos y cierto día le pregunté por ellos pues nunca los llevaba. Resultó que se quedaban solos de lunes a sábado, desde las siete de la mañana hasta la una o dos de la tarde, cuando ella volvía. Los niños tenían año y medio y cinco años. Le expresé mi inquietud por lo peligroso de su medida (…). Tina respondió que para evitarles accidentes los dejaba amarrados de la cintura a un pilar del corredor que la longitud del lazo les permitía moverse sólo donde no había peligro y que la soga del grandecito era un poco más larga, de manera que alcanzara una jarrilla de atol. El fogón lo dejaba apagado. Lo dijo con sencillez y naturalidad, explicándome estoicamente que no tenía otra alternativa. Carecía de familiares, vivía en las afueras del pueblo y su trabajo la llevaba de una a otra casa durante cada jornada. (Zona Ixil de Guatemala en los años setenta, “Mujeres en la Alborada”, Yolanda Colom).

Al mediodía pasé por las calles polvorientas de uno de los barrios marginales. Allí vi a borrachos tirados en el suelo, durmiendo el sopor de su intoxicación, las caras cubiertas de moscas, mientras que desentendiéndose de ellos, niños harapientos jugaban balompié con una pelota de trapo. Para esos pequeños, los borrachos tirados en la calle, los desagües fétidos, los zopilotes que hurgan en los basureros, son parte de la existencia diaria. (Ciudad de Guatemala en 1970, “Secuestro y Prisión”, Alberto Fuentes Mohr).

La sociedad guatemalteca se parece a un edificio extraño de lejos, desagradable de cerca y que produce la impresión que está a punto de implosión; es una mezcla de estilos arquitectónicos incompatibles e incongruentes: repugnante en su estructura profunda de donde se elevan con dificultad muros grises, sucios. Luego, en la base, breves espacios de ventanas deformes, con las maderas y los vidrios rotos, como si fueran ojos enfermos, orificios apiñados, dando la sensación de un pesado conjunto de estrechos departamentos con jirones de ropa secándose en el exterior. (…) Más arriba, muy arriba, el edificio va ganando en limpieza y proporcionalidad, dando una sensación de bienestar cuando culmina finalmente en lo alto con un moderno estilo señorial, ligero y elegante. El contraste de su sección superior es visible por la limpieza, el orden y la dignidad de sus espacios de luz, flores y sol. Y porque se encuentra, lejano y ajeno de la base. (Estratos sociales guatemaltecos en el año 2000, “Guatemala: un edificio de cinco niveles”, Edelberto Torres Rivas).

Guatemala es un país de contrastes, como escribiera Alberto Fuentes Mohr hace cuarenta años. Lo ha sido y lo seguirá siendo. Pero no son contrastes a secas, sino que además están impregnados de una estática pavorosa. Quizás sea esa mezcla infame la que nos impide pensarnos como una nación que da la cara al futuro, en vez de andar cabeza gacha, pateando solamente nuestra sombra.

jueves, 27 de mayo de 2010

Etica y conocimiento

“Siempre la ética profesional ha sido importante. Pero lo es todavía más ante la división del trabajo y la sobre especialización que constantemente impone el progreso.”

El 20 de mayo en las páginas de Science apareció una noticia que realmente mueve la frontera del conocimiento. Esta vez a manos de dos biólogos americanos, Craig Venter y Hamilton Smith, quienes trabajan en un campo de la ciencia llamado biología sintética. De hecho, hay que recordar que ya en 1995 estos individuos revolucionaron al mundo científico cuando decodificaron la primera secuencia de ADN en un organismo vivo.

Ahora dan otro paso emblemático y anuncian haber creado una bacteria con un genoma artificial. Es decir, crearon el primer organismo vivo que no tiene ancestros. La revista The Economist califica el hecho como algo “más profundo que incluso la misma detonación de la primera bomba atómica”.

Como era de esperarse, ya comienzan a surgir reflexiones sobre todo lo bueno que puede derivar de ahora en adelante: nuevas drogas para curar enfermedades, cosechas mejoradas, antibióticos más efectivos, entender más la evolución de las especies, en fin. Ciertamente nadie puede anticipar a dónde nos llevará este nuevo sendero del conocimiento científico.

Sin embargo, también genera preocupaciones y suspicacias. Voces de alerta que señalan sobre lo peligroso que puede llegar a ser este descubrimiento si cayera en manos de las personas equivocadas. Un viejo fantasma que nos persigue casi con cada descubrimiento que ha hecho el ser humano. La batalla que hoy se libra para limitar la capacidad que tengan ciertos países para enriquecer uranio – insumo para las bombas atómicas – es el ejemplo de más actualidad que tenemos.

Así es la evolución y el desarrollo de la humanidad. Lo mismo que puede mejorar la calidad de vida de muchas personas, también trae consigo el germen de destruir y comprometer la sostenibilidad misma del planeta. Como bien cita el editorial de dicha revista, la primera reacción que provoca este avance de la biología sintética y la potencial amenaza en que puede convertirse la generación de vida artificial, es restringir ó regular en exceso el acceso a este tipo de conocimiento.

Afortunadamente también hay quienes alzan la voz y nos recuerdan que siempre es mejor democratizar el conocimiento que privilegiarlo a una elite. Al compartirlo se le convierte en un bien público, ampliándose así las posibilidades de la innovación y capacidad creativa de la comunidad científica mundial. De ahora en adelante serán muchas más cabezas ensanchando la brecha de investigación abierta por estos dos biólogos.

Cabe aquí una reflexión desde una perspectiva más filosófica, que tiene que ver con el espacio y la importancia que debe darse a la ética profesional. Siempre es importante (la ética profesional), pero lo es todavía más ante la división del trabajo y la sobre especialización que constantemente impone el progreso.

La razón es muy sencilla: el costo de obtener y gestionar información para todos y cada uno de los campos del conocimiento ha llegado a ser muy alto. Porque no solamente los campos del conocimiento se han multiplicado y especializado con los años. Además, la revolución tecnológica que acompaña a la globalización ha hecho explotar las cantidades de información que hoy están a la disposición de todos nosotros con un simple click en el computador o blackberry. El sueño de los Enciclopedistas del siglo XVIII ha mutado en la actual era del conocimiento a ser más bien gestores responsables de información.

Por lo tanto, llega un punto en el desarrollo científico en donde es solamente un hombre ó mujer – en el mejor de los casos un pequeño y selecto grupo –, quienes tienen acceso a la última innovación y al último concepto, sin que pueda alcanzarlos regulación o supervisión alguna. Es precisamente allí, cuando han quedado solos, parados sobre la frontera del conocimiento, que la ética profesional debe ser el último faro que guíe sus decisiones de manera responsable.

Descubrimientos como los que anunciaron Venter y Smith hace una semana no hacen sino constatar las palabras de Mikhail Gorbachov ante la crisis de pensamiento político y económico que ocasionó la caída del muro de Berlín en el mundo entero: los seres humanos siguen siendo capaces de encontrarle una salida a cualquier crisis, siempre que se les permita pensar, explorar, y ser creativos.