jueves, 1 de noviembre de 2012

El mundo cambió

“(…) bien le vendría a la región una reflexión y apoyo de organismos regionales para diseñar verdaderos sistemas de reacción contra-cíclica, que sean ágiles en su función de sístole y diástole.”

Ese es el título de la última publicación que hizo el BID analizando los desafíos y oportunidades de crecimiento económico en la región de Centroamérica, Panamá y República Dominicana.  Un documento sintético pero muy rico en contenido y métodos de análisis, que intenta dar una lectura de las condiciones estructurales de las economías de la región a la luz de las nuevas condiciones del mercado internacional. 

Son cinco capítulos en total, que comienzan por describir el escenario de la economía global, para inmediatamente pasar a tres desafíos principales de la región: fiscal, financiero y comercial.  Finalmente cierra con una reflexión simulando los efectos que podría llegar a tener en la región una nueva crisis financiera global de magnitud similar a la del 2008-2009.  Este ejercicio responde a la incertidumbre que prevalece en las economías del Euro. 

Resalto tres mensajes del informe porque me parece que son buenas provocaciones a las que los tomadores de decisión de la región debieran prestar atención. 

El primero tiene que ver con las transformaciones, algunas permanentes en apariencia, que ha tenido el entorno internacional.  La recesión de la economía norteamericana y de buena parte del mundo industrializado, así como la fuerte entrada de China como actor global han impactado variables que para los centroamericanos son muy importantes.  Entre otras, el volumen y dinamismo de las remesas que envía nuestra diáspora, la pérdida de correlación positiva entre el precio del petróleo y el nivel de actividad de la economía americana, y la recomposición en el financiamiento de la cuenta corriente – en este último caso aumentando la exposición de las economías de la región a flujos financieros de naturaleza más volátil. 

Todos estos fenómenos apuntan en la misma dirección: pérdida de herramientas que antes servían para paliar choques externos e internos entre la población, cuyos efectos se acentúan aún más en aquellos estratos de menores ingresos.

El segundo mensaje tiene que ver con el replanteamiento de la política comercial de la región.  Coyunturalmente, la pérdida de dinamismo de las economías industrializadas – Estados Unidos y Europa –se ha traducido en una menor participación de dichos socios comerciales en el total de la oferta exportable de los países centroamericanos. 

Ahora bien, desde una perspectiva de más largo plazo, es todavía más importante reconocer que no solamente estos son mercados en declive sino que además la región ha perdido participación en los mismos.  De allí la importancia de analizar opciones para diversificar el destino de las exportaciones hacia economías que hoy son más dinámicas como las economías de Suramérica y Asia.  Algo más fácil dicho que hecho, pues implica cambios en la estructura productiva doméstica, inversiones en infraestructura y lograr acuerdos comerciales con tales países.

Finalmente, el tercer mensaje se refiere a la dimensión fiscal.  Es muy provocadora la reflexión que hace el BID en cuanto a los efectos del gasto público contra-cíclico aplicado por los gobiernos de la región durante la crisis de 2008-09.  El razonamiento es que (sic) “la política contra-cíclica implementada durante la crisis financiera dejó a los países de la región parados sobre un nivel de gasto público de difícil reversibilidad”. 

Sin embargo, el mismo informe reconoce que el tipo de gasto que tuvo lugar durante ese período fue en renglones que difícilmente pueden ser considerados en una lógica puramente contra-cíclica.  Es decir, aquel tipo de gasto público que se expande en momentos de contracción de la economía y se remueve cuando llega la recuperación. 

En ese sentido, hay que ser cuidadosos al analizar y calificar los distintos tipos de aumento que ha tenido el gasto público regional.  Son cosas muy distintas una expansión en la nómina o de los salarios de empleados públicos, de los programas de transferencias condicionadas en efectivo, ó de lo que debieran ser estabilizadores automáticos en su versión más pura. 

La racionalidad de cada uno responde a factores que no necesariamente tienen que ver con el ciclo económico.  En tal sentido, bien le vendría a la región una reflexión y apoyo de organismos regionales para diseñar verdaderos sistemas de reacción contra-cíclica, que sean ágiles en su función de sístole y diástole.  

Como bien señala el informe, la región centroamericana, Panamá y la República Dominicana tienen hoy un nuevo entorno mundial del cual se deriva una agenda de trabajo que permita a estas economías sacarle el mayor provecho posible.  Como siempre, el mayor reto sigue siendo generar condiciones y capacidades domésticas para pensar y actuar en clave de mediano plazo. 

Prensa Libre, 1 de noviembre de 2012. 

jueves, 25 de octubre de 2012

Trabajo y pa’todos

“(…) no sabemos si estos logros sociales serán duraderos, pero sí sabemos que no son suficientes para garantizar una mayor cohesión y movilidad social que la región necesita.”

Cuando uno piensa en los grandes temas que consumen la discusión sobre desarrollo en América Latina y buena parte del mundo, sobresalen dos: empleo y desigualdad.  Es allí en donde residen las raíces de buena parte de la conflictividad social que vive actualmente la región.  Y por consiguiente, es hacia allí a donde la clase política – al menos en el discurso – está dedicando buena parte de sus energías para tratar de enganchar con unas clases media y baja de la sociedad que esencialmente están pidiendo una sola cosa: oportunidades.

Son dos temas tan importantes que no por casualidad los principales análisis de instituciones mundiales han dedicado sus energías a reflexionar sobre ellos.  El informe sobre desarrollo mundial 2013 del Banco Mundial está dedicado al tema empleo, el informe sobre desarrollo humano 2011 del PNUD es sobre sostenibilidad y equidad, el informe 2012 del período de sesiones de la CEPAL se titula “Cambio estructural para la igualdad”.  Hasta publicaciones de menor calado analítico pero de amplia cobertura mediática como la revista The Economist vuelven cada poco sobre el tema dedicando reportes especiales. 

Son empleo y equidad y no otra cosa lo que ha decidido las elecciones más recientes en varios países de Europa, como seguramente será lo que defina la próxima elección presidencial en los Estados Unidos.  Es allí donde se encuentra respuesta a buena parte del éxito económico y social de economías grandes y emergentes como Brasil y China, así como la estabilidad social de países más pequeños como Uruguay y Costa Rica. 

Pero ¿cuál es la historia latinoamericana en materia de equidad y empleo?  En el primer caso, la evidencia reciente muestra a una región que tímidamente comienza a revertir una tradición de altísima concentración en la distribución de sus recursos.  Los expertos explican este fenómeno por una combinación de factores: una caída en la prima salarial que ganan los trabajadores calificados producto de un aumento en la cobertura escolar; crecimiento económico robusto en los últimos años, lo cual ha aumentado la demanda por trabajadores menos calificados; y un gasto social que ha mejorado su focalización (llega más a los pobres), su efectividad (las transferencias condicionadas han tenido el doble efecto de aumentar ingreso y años de escolaridad de los pobres) y su progresividad (aparentemente estamos gastando más en educación primaria y secundaria que en universitaria). 

En cuanto a empleo el cuadro es más variopinto.  Por una parte, persiste la incapacidad del sector formal de la economía de absorber a una masa de población joven que año a año ingresa al mercado laboral.  De hecho, la gran mayoría ingresan al ejército de subempleados o de trabajadores informales.  Y por la otra, continuamos padeciendo de una fuga importante de recurso humano calificado y no calificado que opta por la migración ante la imposibilidad de generar un ingreso suficiente en su lugar de origen.   

De manea que a pesar de los avances es claro que aún queda un trecho por recorrer.  Para comenzar, no sabemos si estos logros sociales serán duraderos, pero sí sabemos que no son suficientes para garantizar una mayor cohesión y movilidad social que la región necesita para terminar de despegar. 

Por ejemplo, aunque hemos avanzado en el tema de cobertura educativa, no podemos perder de vista que el vínculo entre la escolaridad de los padres y la de los hijos sigue siendo muy fuerte en América Latina, síntoma de baja movilidad social.  Los jóvenes, los indígenas y afro descendientes, y los migrantes son tres segmentos que constantemente nos recuerdan que vivimos en territorios donde cada mico es muy probable que nazca, se reproduzca y muera en su mismo columpio.  Y los guatemaltecos, por supuesto, no estamos muy lejos este diagnóstico regional.  

Prensa Libre, 25 de octubre de 2012.



viernes, 19 de octubre de 2012

¡La siguiente gran campaña!

“Si no atendemos ese inmenso tapón en la gestión pública de nada sirve que nos perdamos buscando el sexo de los ángeles del crecimiento económico y los determinantes de la inequidad.”

Por razones de trabajo me ha tocado esta semana estar conversando tupido y parejo con una serie de actores de la vida nacional.  Servidores públicos, académicos, empresarios, comunicadores, organismos internacionales, empleados, desempleados, subempleados, un poco de todo.  Además de las lecturas específicas de cada uno de los sectores a los que pertenecen, escuché dos percepciones comunes en todos ellos. 

La primera tiene que ver con la debilidad institucional del Estado guatemalteco como algo que nos está carcomiendo en silencio, que nos dificulta el avance, que amplifica cualquier crisis por muy pequeña que sea, que bloquea y hace inviable cualquier iniciativa individual o gremial.  Todos, sin excepción, han reconocido el inmenso déficit para poder atender desde lo público las necesidades más básicas y elementales. 

Y ojo que aquí no estoy haciendo ninguna apología a esa visión – creo yo incompleta y equivocada – que algunos pocos propugnan en el país:  un Estado que solamente se dedique a proveer seguridad y justicia y que, si acaso, supervise un par de cositas más.  (De hecho, lo leí así tal cual en una entrevista que le hicieron a una joven comunicadora social). 

La segunda percepción común es que pareciera estarse cocinando en el grupo de población entre 25 y 45 años, que tiene cierto nivel de escolaridad y protagonismo social, un tímido despertar e interés por participar más activamente en política.  Ello, por supuesto, no implica nada más que una cierta preocupación compartida por las nuevas generaciones ante los grandes desafíos que tiene el país por delante.  No quiere decir tampoco que estemos todos de acuerdo en cómo hacerlo, ni mucho menos.  Pero al menos se reconoce la necesidad de “hacer algo”, una progresiva toma de conciencia de que las transformaciones que se necesitan no van a suceder por generación espontánea. 

¿Estaremos mudando de discurso y arena para el debate? ¿O será solamente llamarada de tusas? Es curioso, porque generalmente las discusiones urbanas que tenemos en cuanto a enfoques de desarrollo nacional suelen quedarse en juegos de suma cero: más impuestos o mejor gasto, más crecimiento o más redistribución.  Sin embargo, como que la realidad se va imponiendo lenta pero progresivamente, y una pregunta mucho más relevante y transformadora para la Guatemala actual cobra protagonismo: ¿con quiénes se implementa cualquier visión de país?

Sí, ¿con quienes se echa a andar una estrategia de competitividad y crecimiento? ¿con quiénes se implementan instituciones de protección social? ¿con quiénes se montan sistemas de monitoreo y evaluación del gasto público? ¿con quiénes se diseñan políticas y reformas fiscales? ¿con quiénes se imparte justicia y se garantiza seguridad a la población?

Porque la realidad de las cosas es que Guatemala no tiene cuadros suficientes para gestionar su enclenque aparato público.  En el mejor de los casos, corriendo con mucha suerte y viento en cola, el gobernante entrante logra cubrir las primeras dos capas de la administración pública.  Es decir, la alta gerencia.  Pero…¿y el resto?  ¿Y los operadores en terreno? ¿Y los ejecutores de la planificación estratégica? ¿Y los responsables de monitorear y evaluar los avances y retrocesos? ¿Y los proveedores de servicios que hoy por hoy el sector público debiera estar entregando a la población con cierta regularidad y calidad? 

Si no atendemos ese inmenso tapón en la gestión pública de nada sirve que nos perdamos buscando el sexo de los ángeles del crecimiento económico y los determinantes de la inequidad.  Mientras la decencia y el expertisse técnico continúen siendo dos cualidades mutuamente excluyentes en la función pública, todo lo demás que hagamos seguirá siendo un monólogo estéril sin más trascendencia que una nota de prensa, una ENADE, una entrevista en radio o un panel-foro en donde usualmente nos damos misa entre curas.  

Así como hemos sabido gestionar grandes campañas nacionales para distintos motivos, desde la teletón, vacunaciones, emergencias por desastres naturales, por la educación, por la reforma al sector justicia, me pregunto yo si no debiéramos lanzar una gran campaña para una reforma profunda a nuestro servicio civil.  Es una necesidad urgente e importante, no solamente para quienes llegan a hacer gobierno cada cuatro años, sino para todos los demás que desde la llanura interactuamos con ese elefante flaco llamado Estado guatemalteco. 

Prensa Libre, 18 de octubre de 2012.


domingo, 14 de octubre de 2012

Entre fuentes y lagos

“Reflexiones todas en clave latinoamericana, matizadas por las experiencias que cada uno de estos dos intelectuales ha acumulado a lo largo de su vida.”

Dos de los mejores intelectuales que tiene la izquierda latinoamericana se juntaron a hablar hace unos meses en un hotel de Londres.  A tener una conversación amplia, franca, nada acartonada.  A ventilar ideas, reflexionar sobre la coyuntura mundial y a preocuparse mutuamente sobre los desafíos que enfrenta la Latinoamérica del siglo XXI.  Ese diálogo fue puesto en forma de libro y se llama “El siglo que despierta”. 

Ricardo Lagos, socialista, intelectual  y político chileno, miembro del equipo de gobierno del presidente Salvador Allende, quien fuera derrocado y muerto durante el golpe militar de septiembre de 1973.  Tras vivir exilios fue una de las figuras que, como dice el prólogo del libro, “puso en vilo a Pinochet y luego contribuyó decisivamente a deshacer su funesta construcción dictatorial”.  En el año 2000 se convierte en el tercer presidente de la democracia chilena – después de Patricio Aylwin y Eduardo Frei – apoyado por una coalición de partidos que gobernó el país por dos décadas ininterrumpidas. 

Todavía recuerdo la emoción que nos causó a miles de jóvenes su campaña y triunfo electoral.  Los mítines en la plaza Brasil, la celebración en el parque forestal con grupos musicales, y el nudo en la garganta que se nos hizo a todos en la plaza de la Moneda cuando el electo presidente Lagos salió esa misma noche a darnos su primer discurso al mismo balcón desde donde Allende había pronunciado el suyo, y al rendirle un homenaje póstumo se le quebró la voz y todos inundamos de inmediato ese espacio con aplausos y vítores.  

Carlos Fuentes (1928-2012), mexicano nacido en Panamá, diplomático, intelectual progresista, profundamente democrático, uno de los máximos exponentes de la narrativa mexicana.  Junto a Lagos, igualmente testigo y protagonista de ese intenso siglo XX que mi abuelo muchas veces comparaba con El Renacimiento.  Autor de obras como Terra Nostra, La silla del águila, Agua Quemada, Todas las familias felices, entre muchas muchas otras. 

En una de sus últimas entrevistas, al referirse a su oficio, a la creación literaria, Fuentes dijo que uno tenía que tener mucho miedo de escribir.  Porque no es un acto natural, como comer, hacer el amor o dormir.  Es un acto contra natura, es oponerle la escritura a la naturaleza y con ello decirle que no se basta a si misma sino que necesita otra realidad, un añadido que es la imaginación literaria.  Recordó también cómo la literatura no es una actividad inofensiva, ¡para nada!  De allí la violenta reacción que regímenes dictatoriales han tenido ante ciertas obras y sus autores.

Pues estos fueron los dos personajes que decidieron conversar sobre una gama amplia de temas, que van desde los efectos de la globalización, cómo seguir avanzando para superar la pobreza, el papel de la política, la importancia que tiene la cultura, el valor de las utopías, nuevos y viejos actores – Europa, Cuba, Brasil, España, China –, indigenismo, educación, fanatismos y el incierto futuro. 

Reflexiones todas en clave latinoamericana, matizadas por las experiencias que cada uno de estos dos intelectuales ha acumulado a lo largo de su vida.  Con mucha coherencia respecto de su visión del mundo, pero sobre todo con muchísima honestidad respecto a la ansiedad que los desafíos de este cambio de época les genera. 

Dos pincelazos solamente: Fuentes dice “(…) la continuidad de la cultura es sorprendente en América Latina.  Porque es una cultura multifacética, no es sólo multi-europea, sino que a través de España es árabe, es judía, es romana y es griega y es india y es negra y es mulata y es mestiza.  Y más adelante Lagos añade “Tenemos la lengua común pero lo que no hemos tenido es la voluntad común de Europa, que es una voluntad política de integración”.

Una constante atraviesa el diálogo, el valor del lenguaje común, la centralidad de la cultura y la imperiosa necesidad de pensarnos como región, en un mundo que progresivamente se piensa y articula en bloques para enfrentar los nuevos retos de naturaleza global.  Como nos dice el editor de la obra, Juan Cruz, la obra es de alguna manera una redición de otro diálogo parecido que en 2002 se dio entre Felipe González, presidente de España entre 1982 y 1996, y Juan Luis Cebrián, director-fundador del diario El País. 

Ese es el tono de la conversación fluida entre Fuentes y Lagos.  Si puede, léalo. 

Prensa Libre, 11 de octubre de 2012.


jueves, 4 de octubre de 2012

De la anécdota al dato

“(…) si no hay información estadística de soporte, la acción del Estado aparece muy débil, miope, carente de memoria de largo plazo, y limitada en sus capacidad para ser más eficiente y oportuna.”

La información estadística juega un papel fundamental en la administración pública moderna.  No es casualidad que países con un mínimo de institucionalidad y eficiencia en el funcionamiento de su Estado también cuenten con institutos de estadística autónomos y de mediana calidad. 

Sin información regular y sistemática estamos condenados a reinventar la rueda cada tantos años.  A soportar una práctica política repleta de discursos y buenas intenciones – a veces con la razón de su lado – pero sin la fuerza que da la evidencia empírica.  Así, sin información de soporte, los grandes debates se resuelven por el que somate la mesa más duro, el que tenga la narrativa más apasionada, el que cuente la anécdota más dramática, y no por quién tenga la propuesta más coherente, realista y viable. 

Sin sistemas de información es muy difícil imaginar y proyectar el mediano plazo, impulsar procesos de transformación productiva, evaluar impactos de política social, identificar retrocesos en reformas institucionales, corregir ineficiencias en el gasto público, documentar procesos, modificar rumbos, desmentir populismos. ¿Por qué? Porque el protoplasma cambia, la gente envejece, se harta, decide cambiar de empleo, se les termina el período de gobierno, y si no hay datos simplemente no hay memoria institucional. 

Por ejemplo, en el Estado, los que están en puestos de toma de decisión, en el mejor de los casos aguantan cuatro años la peña.  Y los de niveles técnicos, cuando no se mueven dentro del organigrama público de manera lateral, se quedan donde están con la boca callada para cuidar su chamba, ó simplemente se tienen que ir cuando llega el momento de pagar la factura política del partido gobernante de turno.    

De forma similar, proyectos y consultores financiados con recursos de cooperación internacional también cambian.  Se agotan sus financiamientos – sean de préstamo, donación o cooperación técnica –.  Y si bien es cierto que logran acumular un bagaje y experiencia que en ocasiones es muy útil, no siempre logran tener una visión de conjunto para hacer recomendaciones estratégicas que vayan mucho más allá del ámbito de acción de su proyecto específico.   

La academia, que podría ser el Pepe Grillo de la sociedad, contrastando teoría con evidencia empírica, analizando y recomendando cursos de acción a la acción del gobierno, sin no cuenta con datos estadísticos también queda maniatada.  Confinada a lo que puedan hacer con los recursos limitados que logren procurarse para levantar su propia información, la mayoría de las veces sin poder ir más allá de espacios territoriales pequeños.   

Finalmente, los ciudadanos, sujeto y razón de ser de proyectos y políticas de desarrollo, tampoco son tontos.  Aprenden con mucha rapidez a sacarle raja y maximizar los beneficios que les ofrezcan los de transferencias públicas que tienen a su disposición.  Saben que si para recibir unos pocos quetzales tienen que dedicar tiempo y energía a responder cuestionarios, encuestas, participar en talleres y grupos focales, pues que así sea.  A la postre, si no hay información estadística de soporte, la acción del Estado aparece muy débil, miope, carente de memoria de largo plazo, y limitada en sus capacidad para ser más eficiente y oportuna.    

Para proponer, implementar e innovar en política pública, hay que pasar de la anécdota al dato.  Con cuentos chinos difícilmente se convence a un inversionista, a un ministro, a un presidente, a un parlamento, a un donante ó a una institución financiera internacional.    

Prensa Libre, 4 de octubre de 2012.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Ni de aquí ni de allá

“(…) allí nos estamos rifando el bono demográfico, la posibilidad de crecer a más del 6 ó 7% anual, las bases de la productividad del país para los próximos 20 años.”

A ese segmento de población joven que no está estudiando pero tampoco trabajando se les ha puesto el sobrenombre de “Ni-Ni” – ni estudia ni trabaja.  Sujetos que están como en un limbo social, depreciando día a día el poco capital humano que han logrado acumular.  Reflejando de la manera más cruda los fallos de un sistema educativo que los debiera estar bombardeando con conocimientos y herramientas nuevas, y de un mercado laboral disfuncional e incapaz de ponerlos a producir bienes, servicios, soluciones, y con ello generar riqueza. 

Los Ni-Ni latinoamericanos son la constatación tanto de un gasto público que puede llegar a ser muy ineficiente, como de una provisión privada, costosa y de pésima calidad.  De las imperfecciones de un mercado que contrata por recomendación más que por competencias.  Del divorcio entre las aulas y la práctica.

Pero más allá del diagnóstico, ¿se ha puesto usted alguna vez en los zapatos de estos muchachos? ¿se ha preguntado cómo se sentirán de pertenecer nominalmente a una sociedad que no tiene la menor idea de qué hacer con ellos?  Hombres y mujeres que están en la edad de formular su proyecto de vida y de dar los primeros pasos para perseguir sus sueños.  Pero que solamente encuentran callejones sin salida que los orillan a la informalidad, la migración o el ilícito.     

Muchos de ellos han hecho sacrificios enormes por comprar el derecho a educación y salud, porque les hemos repetido hasta el cansancio que esa es la (única) solución para salir de la pobreza, la ruta para encontrar un trabajo donde devenguen un salario suficiente, el recetario para llegar a ser alguien y tener algo en la vida.  Sin embargo les hemos mentido, o por lo menos no les hemos contado la historia completa.  No por mala fe, sino porque nosotros, los adultos de hoy, tampoco lo tenemos muy claro.

Un reporte de CEPAL y el Fondo de Población de Naciones Unidas, publicado recientemente en medios, es fulminante: en Guatemala un millón de muchachos guatemaltecos son Ni-Ni’s.  Y si estrujamos un poco más los datos y repartimos ese millón en subgrupos de acuerdo a su edad la situación es todavía más grave: 1 de cada 5 entre 15 y 19 años es Ni-Ni, 1 de cada 4 entre 20 y 24 años es Ni-Ni, y ¡1 de cada 3! entre 25 y 29 años es Ni-Ni.  De manera que a los clásicos determinantes de nuestra pobreza y desigualdad – habitar en territorios rurales, ser mujer y ser indígena – ahora hay que sobreponer una capa adicional, que viene a hacer todavía más complejo aún el diagnóstico de nuestro atraso: ser joven – aunque sea con alguna escolaridad – dejó de ser garantía de sueños, oportunidad y futuro.

Si fuéramos un país en donde la mayoría de su población es vieja o está en vías de serlo, quizás esto no sería tan grave.  Pero siendo el capital humano joven nuestro factor de producción más abundante, esta situación es una auténtica bomba de tiempo.  Debiéramos estar sonando todas las alarmas porque allí nos estamos rifando el bono demográfico, la posibilidad de crecer a más del 6 ó 7% anual, una reducción sostenida de la pobreza y la desigualdad, la construcción de una ciudadanía cohesionada y participativa, y las bases de la productividad del país para los próximos 20 años.  ¿Le parece poca cosa?

Más nos vale entonces poner las barbas en remojo y tomarnos un poco más en serio a estos patojos antes de que el cobro de la factura sea demasiado alto. Lo que tenemos ante nuestros ojos es ni más ni menos que una redición de la trampa de pobreza.  

Prensa Libre, 27 de septiembre de 2012.



jueves, 20 de septiembre de 2012

El relato guatemalteco

“Nos falta ese imaginario equivalente al sueño americano o al Estado de bienestar que oriente, acote, y otorgue un grado mínimo de concreción al discurso político.”

Leí hace unos días un artículo de José Ignacio Torreblanca – profesor, think tankero y columnista, como se define en la página del diario español El País – titulado “El relato”.  Fundamentalmente hace una crítica a la manera en que la clase política dialoga con sus sociedades, a cómo traslada sus mensajes y cómo interactúa con sus electores a partir de la interpretación de un imaginario social.  Ese que en los años de la posguerra se podía alcanzar a partir de una oferta política acotada, ideológicamente hablando: liberales o conservadores, socialdemócratas o demócrata-cristianos.  

Usando como ejemplo a Occidente: Estados Unidos y Europa, Torreblanca señala las consecuencias de la mutación que han tenido los partidos políticos, sacrificando claridad y coherencia en sus planteamientos en aras de capturar al votante medio y hacerse del poder.  Lo que tantas veces hemos dicho en Guatemala respecto a los comités electoreros que tenemos por agrupaciones políticas, que (sic) “en su aspiración a gobernar, están dispuestos a hacer gala de toda la flexibilidad ideológica que haga falta y, lo que es más, no solo no hacen ascos a los votos que provienen del campo contrario sino que diseñan estrategias específicas para captarlos.”

La clase política en Occidente ha cambiado de instrumento para comunicarse con su sociedad (con sus votantes).  Mientras que los políticos norteamericanos apelan con mucha fuerza al sueño americano y quién de sus líderes en contienda lo representa de mejor manera, en Europa se aferran a su Estado del bienestar y las reformas que haya que hacerle para que siga asegurando a salud, educación y una vejez digna.  En dos palabras: protección social. 

La reflexión me pareció pertinente para Guatemala – y quizás para la mayoría de latinoamericanos – en dos dimensiones. En primer lugar, por la relevancia que tiene con relación a los vehículos que usa nuestra clase política para hacerse de votos y gobernarnos.  Tanto en Occidente como en nuestro país, las ideologías parecen haber entrado en desuso para leer y proponer soluciones a nuestros problemas estructurales. 

Pero además, el agravante en el caso latinoamericano es que no se tiene un relato propio al que podamos apelar.  Nos falta ese imaginario equivalente al sueño americano o al Estado de bienestar que oriente, acote, y otorgue un grado mínimo de concreción al discurso político.  En otras palabras, los latinoamericanos ¿a qué aspiramos? ¿cuál es nuestro referente?

Probablemente mucho de esto está conectado, al menos en el caso de Guatemala, con la enorme debilidad institucional que tanto hemos señalado muchos.  Esa anorexia de nuestro Estado y sus instituciones, que no solamente tienen el efecto concreto de no ser capaz de resolver urgencias básicas como salud, educación, seguridad y justicia, sino que en un plano más abstracto, tampoco constituye referente de nada para la población. 

Por consiguiente, al carecer de ese relato nacional, lo que nos queda son referencias parciales, identidades de grupo, una colección de imaginarios más chiquitos que representan a colectivos específicos pero que no representan a la sociedad en su conjunto: indígenas, campesinos, capitalinos, militares, empresarios, etcétera. 

¿Cuál es el sueño guatemalteco – en contraposición al americano? ¿cuál es el tipo de Estado que buscamos – si no es el del bienestar a la europea? ¿cuál es la institucionalidad mínima que necesitamos para hacer viable cualquiera que decidamos sea nuestra aspiración como país?  Porque de una cosa debemos estar claros: un relato sin institucionalidad es un cascarón de carnaval – ruidoso, coloreado, pero finalmente frágil y vació de contenido. 

Prensa Libre, 20 de septiembre de 2012. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Los temores de la izquierda

“Al final es tan nocivo una izquierda que idealiza al Estado como una que lo instrumenta para impulsar una propuesta caduca.”

Honestamente no se me ocurrió al escribir la columna de la semana pasada.  No la vi venir, como dicen los patojos.  Pero como bien me recordaron dos amigos y colegas, si hay temores en la derecha, tienen que haber también temores en la izquierda, ¿no es verdad?  Por supuesto que los hay, y es necesario reflexionar al respecto.    

Así como a la derecha más conservadora se la señala de no amar al Estado, en esta visión dicotómica de la realidad, a la izquierda más radical se le podría señalar una aversión a cualquier cosa que tenga que ver con el mercado y el gran empresariado.  Sin embargo, reflexionar solamente en esa dirección me parece muy limitado.  Aporta poco y quizás solo contribuye a profundizar la miopía con que sucede el diálogo político entre algunos grupos de nuestra sociedad.  Me parece más oportuno reflexionar en el tipo de relación que una parte de la izquierda puede tener con respecto al Estado y su papel en la economía. 

En términos de estrategia de comunicación, si tuviera que hacer el paralelismo con los dos principios atribuidos a la derecha más conservadora del país, diría que la izquierda más radical también tiene sus rasgos característicos.  El primero de ellos: desconfiar del adversario.  La estrategia del ignorar a través del silencio y el ninguneo quizás no es tan generalizada, pero sí la de desconfiar a priori.  Espera permanentemente el cambio de reglas, el incumplimiento recurrente de lo acordado, ó la táctica dilatoria en las mesas de diálogo – que en democracia se vuelve un arma letal cuando los tiempos políticos son esenciales para avanzar o descarrilar una reforma –. 

El segundo principio fue durante muchos años tirar del hilo hasta que se desgarre el poco tejido social, bajo el supuesto de que no había otra forma de reformar lo que había.  Esta visión debió cambiar producto de dos factores: internacionalmente el derrumbe del bloque soviético y localmente su derrota militar. 

El problema es que a esa izquierda le ha costado muchísimo rearmarse conceptualmente y desarrollar una propuesta económica vendible a una audiencia más amplia.  Lo que queda en el imaginario de las personas con respecto a la izquierda más radical de Guatemala es que no va mucho más allá de proponer aumentos en la tributación directa y del gasto social, y usar al Estado como un dique de contención de la iniciativa privada.   

Esta debilidad se ha transformado casi en una tara y temor, que les ha impedido granjearse la confianza de una población que padece problemas no muy distintos a los de El Salvador y Nicaragua, por ejemplo, siendo que en aquellos países la suerte con que han corrido sus izquierda es claramente distinta.   

El otro gran temor o tara que tiene esa izquierda es a renovar sus cuadros.  La democracia, que tanto les sirvió para replantear algunas de sus demandas y abrirse un espacio en el espectro político, no es algo que se asuma internamente.   Por supuesto ambas cosas van de la mano: sin cuadros renovados no hay conceptos y propuestas renovadas.   Las ideas frescas no se producen por generación espontánea. 

La competencia como concepto pareciera ser mal vista en esa izquierda, tanto en términos económicos como políticos.  De allí que el resultado solo pueda ser atomización en pequeños grupos sin mayor tracción social, con el agravante de replicar esquemas autoritarios que solo acaban el día que desaparece el caudillo. 

¿Qué pasa entonces? ¿Subyace allí un espíritu antidemocrático que les impedirá permanentemente entrar a la modernidad? ¿Subyace el iluminismo entre sus dirigentes, que les impide abrir la discusión y dejar que haya competencia de ideas y propuestas? ¿Subyace la incapacidad de superar los golpes de la historia? ¿Subyace el pecado original que obliga a esperar que cambie el protoplasma de su dirigencia para que, ojalá, las nuevas generaciones con más mundo y cancha tengan la visión de encontrar puntos de apoyo y encuentro ante una sociedad que necesita escuchar opciones frescas a problemas añejos de pobreza y desigualdad?

Al final es tan nocivo una izquierda que idealiza al Estado como una que lo instrumenta para impulsar una propuesta caduca.  En el primer caso, porque idealiza la capacidad transformadora del Estado en su estado actual.  En el segundo, porque se pone en posición de abuso de poder, haciéndose inviable política y económicamente. 

Con todo, como decía la semana pasada, al final el fortalecimiento de nuestro Estado, tanto en su dimensión de tamaño como de fuerza, es conveniente tanto para la derecha como para la izquierda de Guatemala.  Es peligroso seguir alimentando el imaginario de una izquierda incapaz de conectar con las necesidades de la población, o que solamente desde el Estado se puede transformar la realidad.  Pero eso puede cambiar, no nos equivoquemos. 

 Prensa Libre, 13 de septiembre de 2012.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Los temores de la derecha


“(…) el fortalecimiento de nuestro Estado es conveniente tanto para la derecha como para la izquierda de Guatemala.”

En una nota publicada el domingo pasado en elPeriódico, el Profesor Edelberto Torres-Rivas hace una pregunta directa y fulminante: ¿por qué la derecha no ama al Estado?  Muchos quisiéramos saber la respuesta, pero lamentablemente creo que ni Torres-Rivas ni el resto de guatemaltecos tendremos la oportunidad de escucharla.  Fundamentalmente porque la derecha en Guatemala opera bajo dos principios tácitos en su estrategia de comunicación. 

El primero: ignorar al adversario.  Restar fuerza a sus argumentos por la vía del silencio, con lo cual nos recuerda que las voces disidentes no tienen espacio ni méritos suficientes como para dedicar tiempo de aire o tinta en prensa y entrar en una discusión.  Lamentablemente con tal actitud perdemos todos como sociedad.  El diálogo de sordos se instala y con ello se deprecia la calidad del debate. 

El segundo principio: no halar el hilo más de la cuenta.  No sea que se deshilache el poco tejido social.  En este caso significa no responder la primera pregunta, porque ello necesariamente implicaría responder una segunda y quizás una tercera, todas progresivamente más complejas y difíciles de explicar y sostener ante una audiencia más amplio y ajena a sus intereses.      

En ambos casos la racionalidad es la misma: mantengámo(no)s cada mico en su columpio, sin cambiar la topografía del terreno.  El conservadurismo ha de prevalecer.  Los cambios, si no hay otra solución, que sean los menores, y mejor si se van implementando cual ejercicios de estática comparativa: moviendo una variable a la vez.  Ello mantiene el orden, su orden.  Como botón de muestra la más reciente oposición a iniciativas de diálogo amplio y vinculante de nuestro contrato social, aunque hay otros ejemplos por supuesto.  

El problema es que esta estrategia de la derecha más conservadora se hace cada vez más cuesta arriba.  Los planteamientos dicotómicos han sido más que superados por esquemas que plantean complementariedades, ampliamente reconocidas y documentadas por lo demás, en donde el accionar de lo privado para generar riqueza y bienestar solamente es posible en un marco de bienes públicos y un contrato social que atienda necesidades y aspiraciones de las mayorías.  Ante la caricatura del Estado y el mercado en un juego de suma cero, como bien apunta Torres-Rivas, (sic) “ya se concluyó hace tiempo que son dos instituciones fundamentales necesariamente complementarias en la dinámica social, en una relación variable según los tiempos”.

Lo curioso es que esa relación simbiótica que se niega hacia adentro se reconoce y utiliza para su beneficio hacia afuera.  No de palabra, claro está, porque hay que mantener una consistencia mínima en el discurso, pero sí de hecho.  Por ejemplo, en la formación de cuadros dirigenciales y de su intelectualidad.  Allí sí salen a jugar en una cancha global, compartiendo espacios con el centro y la izquierda, pues todos los que hemos tenido la oportunidad de procurar para sí y para los nuestros una mejor educación, moderna y con exposición a realidades y arreglos sociales distintos, lo hemos hecho, sin excepción, en sociedades en donde la presencia – en tamaño y fuerza – del Estado es mucho mayor que en Guatemala.

¿Qué pasa entonces? ¿Subyace el temor a la institucionalización de derechos (entitlements) que vienen asociados a un gasto público social cada vez mayor?¿Subyace el temor a un despilfarro y abuso de la función pública? ¿Subyace el temor a una competencia mayor, producto del crecimiento de una clase media y media alta, de un nuevo empresariado pequeño y mediano que hoy opina y expresa sus disensos, y que quiere competir en igualdad de oportunidades con grupos sociales y económicos históricamente favorecidos y consolidados al amparo de ese mismo Estado que hoy desnudan y mal nutren? 

Por fortuna, muchos de esos temores se pueden esfumar con normativas que garanticen transparencia y eficiencia, con una inversión fuerte en formación y remuneración de servidores públicos que den visión y sentido estratégico a las acciones estatales.  Otros de esos temores, sin embargo, me temo que no tienen solución.  La derecha más conservadora tendrá que aprender a superarlos o desaparecerá, pues Guatemala debe seguir transitando en su proceso de apertura, transformación social y modernización. 

Al final, el fortalecimiento de nuestro Estado, tanto en su dimensión de tamaño como de fuerza, es conveniente tanto para la derecha como para la izquierda de Guatemala.  Ya hay demasiados recursos que hoy se canalizan privadamente, no porque sea la forma socialmente óptima de hacerlo, sino porque no existen condiciones para una provisión pública con calidad y equidad.  Pero eso puede cambiar, no nos equivoquemos. 

Prensa Libre, 6 de septiembre de 2012.

 



jueves, 30 de agosto de 2012

¿Psicólogos contra economistas?

“(…) pasado un cierto punto, demasiadas opciones pueden llegar a ser contraproducentes, generando efectos indeseados en las personas.  En vez de aumentar el bienestar lo reducen.”

Elegir, sin duda ese es el verbo fundamental de la teoría microeconómica.  Un proceso aparentemente trivial y simple, que en el caso del homo economicus viene matizado por una condición adicional: el individuo debe ser capaz de ordenar sus preferencias de manera que pueda escoger aquella combinación de bienes y servicios que, estando dentro de su presupuesto, le da la mayor satisfacción posible. 

Si lo anterior fuera una constante, de allí en adelante todo debiera ser cuesta abajo.  Pero resulta que no es así.  Para variar el mundo real se interpone en nuestros modelos y abstracciones, y el cerebro humano entra en pugna y crisis cuando, por una parte, queremos tener opciones, y por la otra, nos topamos con un número inmanejable de ellas.  Variaciones de lo mismo, tipos y tonos, tamaños, empaques y colores, que no hacen sino empacharnos los sentidos, bloqueando nuestra capacidad de elegir para satisfacer una necesidad y obtener bienestar.  

De manera que la máxima “más es siempre preferido a menos” no se cumple siempre.  La razón es muy sencilla: elegir es un proceso que tiene costos que pueden llegar a ser muy altos.  Buscar información, ordenarla, hacerla comparable, puede demandar mucho de nuestro tiempo y energía.  De allí que los consumidores muchas veces toman decisiones en apariencia irracionales como mantenerse con un proveedor aunque sea más caro – un banco, una aseguradora, una empresa de telefonía celular o de internet –, por el simple hecho de evitarse la molestia de tener que estar haciendo comparaciones y análisis entre las distintas alternativas posibles.  Peor aún, algunos individuos simplemente no toman ninguna decisión. No eligen. Y por tanto, no logran mayor bienestar, incluso pueden perder el que ya alcanzaron. 

Este dilema de la disciplina económica se ha convertido en uno de los puntos de encuentro más fructífero con otra ciencia social: la psicología.  Un interesante trabajo del psicólogo Barry Schwartz titulado The paradox of Choice ahonda en el tema. 

Me topé con él primero a través de un libro que compré por pura casualidad: 50 Psychology Classics, dentro del cual unas páginas están dedicadas al trabajo de Schwartz.  Intrigado me fui al internet y encontré un video de TED sobre mismo tema.  Su lógica y crítica me parecieron muy provocadoras. 

En síntesis, Schwartz bombardea el paradigma fundamental de las sociedades industriales occidentales, el cual nos dice que para maximizar el bienestar de los ciudadanos hay que maximizar la libertad – algo intrínsecamente bueno pero que además permite a las personas elegir por sí mismas aquello que consideran maximiza su bienestar individual –. Y la forma de maximizar libertad es ampliando las opciones al alcance de los ciudadanos.   

El problema es que pasado un cierto punto, demasiadas opciones pueden llegar a ser contraproducente, generando efectos indeseados en las personas.  En vez de aumentar el bienestar lo reduce.  ¿Por qué? 

En presencia de demasiadas opciones los individuos se paralizan, les cuesta más elegir; obtienen menos satisfacción de las decisiones que toman porque están constantemente comparando con otras alternativas que pudieron haber escogido y no lo hicieron. Al final, el exceso de opciones eleva el costo de oportunidad aumentando las expectativas que tenemos del resultado de una elección.  Deja en el individuo la sensación permanente de que allá afuera en el mercado hay un bien o servicio que probablemente lo hubiera satisfecho de más y mejor forma que el que finalmente eligió.  Para ajuste de penas, al tener infinitas posibilidades para elegir, la responsabilidad se transfiere del mercado hacia el individuo, generando una sensación de insatisfacción todavía mayor.

La crítica, por supuesto, no es en contra de tener opciones, sino de tener demasiadas.  La historia del mundo industrializado y más recientemente de China y Europa del Este nos ha demostrado que pasar de no tener ninguna opción a tener algunas opciones mejora el bienestar de personas y sociedades.   Sin embargo, pareciera que el péndulo fue demasiado lejos y por eso surgen estas voces disidentes de supuestos que hasta hace muy poco eran incuestionables. 

Una de las cosas más interesantes del argumento de Schwartz es que abre el juego para un análisis y discusión de la desigualdad ya no solamente al nivel económico sino también psicológico.  Ilumina la discusión desde otra esquina, ofreciendo argumentos de por qué es beneficioso redistribuir – en este caso opciones – desde sociedades en donde el exceso está siendo contraproducente, hacia sociedades en donde la falta de las mismas está siendo igualmente nocivo para el desarrollo.  ¿Nos estarán corrigiendo la plana los psicólogos a los economistas? ¿Usted qué piensa?

Prensa Libre, 30 de agosto de 2012.

jueves, 16 de agosto de 2012

¿Formar ó informar?

 “¿Qué tal darle vuelta de calcetín a los programas universitarios tanto en la universidad pública como en las privadas, acortando las horas-aula y aumentando las horas-práctica?”

¿Cuál es el destino de nuestros profesionales? ¿Vale la pena invertir cinco años en su educación universitaria? Tiempo y dinero – público o privado – para entrar a un mercado laboral ganando pinches cuatro o cinco mil quetzales al mes, cuando bien les va. ¿Es rentable entonces endeudarse, trabajar o pedirle a los padres que sigan costeando más horas nalga para que sus vástagos vayan a la U? ¿Tenemos realmente la capacidad instalada (edificios, tecnología, maestros, ayudantes, investigadores) para formar hordas anuales de patojos, que salen deslumbrados de la secundaria, esperanzados de encontrar su propio “El Dorado” y poder bañarse en ríos de esmeraldas? 

¿No será que nos estamos baboseando colectivamente, unos a otros y todos contra todos: yo hago como que enseño, tu haces como que aprendes, ellos hacen como que nos dan un título, nosotros hacemos como que mejoramos nuestros indicadores educativos, vosotros hacéis como que les daréis un empleo cuando toquen a la puerta de vuestra empresa, ellos hacen como que están felices de ser recibidos por ese salario exiguo e inestabilidad laboral característicos de las condiciones de contratación de jóvenes hoy? A lo mejor sí, depende a quien le pregunte.  Porque para algunos el sistema actual es negocio redondo, no me cabe duda. Pero para otros – de hecho, la mayoría de nuestros jóvenes – no es sino crónica de una frustración anunciada. 

Lo peor de todo es que el mal parece endémico. De hecho, “[h]ay quienes piensan que la masificación ha pervertido la educación, que las escuelas han tenido que seguir la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo, y que los talentos de ahora son esfuerzos individuales y dispersos que luchan contra las academias.  Se piensa también que son escasos los profesores que trabajan con un énfasis en aptitudes y vocaciones.  ‘Es difícil, porque comúnmente la docencia lleva a la repetidera de la repetición’, ha replicado un maestro.  ‘Es preferible la inexperiencia simple al sedentarismo de un profesor que lleva veinte años con el mismo curso’.  El resultado es triste: los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, sólo se hacen [profesionales] cuando tienen la oportunidad de reaprenderlo todo en la práctica dentro del medio mismo.”

¿Por qué revertir este drama? ¿Por qué no hacer uso de conceptos de última generación como las trinadas alianzas público-privadas?  ¿Por qué no pensar en una mega inversión en infraestructura, de esas que añade valor económico y tiene altísimas externalidades positivas, que mejora la competitividad y las condiciones de inversión en el país, que nos hará sujetos de evaluaciones positivas de agencias calificadoras de riesgo, presentándonos como un país en donde se puede venir a invertir y generar riqueza?

Una alianza público-privada para la que no hace falta expropiar ni intimidar comunidades, ni cooptar parlamentarios, ministros o mandatarios.  Una inversión construida sobre la principal ventaja comparativa de Guatemala con respecto a otras economías como las europeas, Japón o Estados Unidos: su juventud. 

¿Qué tal darle vuelta de calcetín a los programas universitarios tanto en la universidad pública como en las privadas, acortando las horas-aula y aumentando las horas-práctica?  Cuatro años solamente, con esquemas de pasantías largas – pagadas, por supuesto, aunque a salarios más bajos de los que devengaría un graduado –, intercaladas con cursos teóricos diseñados más según la realidad y necesidad del futuro empleador y menos según las casas editoriales extranjeras que nos surten el arsenal de conocimiento, por demás generado en otra parte.  Un esquema en el que el sector privado corporativo asuma el costo de emplear-entrenar a los futuros profesionales, y para el caso de la pequeña empresa familiar, apuntalado con un programa de subsidio público al empleo productivo. 

¿Locura? Quizás.  Pero lo que sí sé es que de seguir haciendo lo que hasta hoy, seguiremos leyendo y releyendo, viviendo y reviviendo extractos como el que le he presentado.  Fulminante por su simpleza, honestidad en el diagnóstico, pero sobre todo por su vigencia, ¿no le parece?

Probablemente se estará preguntando ¿quién se atrevió a decir algo semejante?, ¿de qué país ó universidad estará hablando? Bueno, pues le cuento que es un pedacito del discurso inaugural pronunciado por Gabriel García Márquez en1996, en su calidad de presidente de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano.  (De paso lo invito a leer el libro completo.)

Nótese que cualquier parecido con la realidad de cualquier otra carrera universitaria en cualquier otro país al sur de México es pura coincidencia.   

Prensa Libre, 16 de agosto de 2012. 

jueves, 9 de agosto de 2012

La O-16

“Barrondo nos dio razones para celebrar, pero también nos puso frente al espejo y lo volvió a romper con la piedra de la desigualdad.”

¿Cómo no nos íbamos a emocionar?  Imposible.  Nadie con una gota de sangre chapina en las venas podía evitarlo.  Las imágenes parecían de película en Londres y en Guatemala.  Allá unas escenas nos mostraban, por una parte, el aparatoso derrumbe del campeón defensor contra las vallas protectoras; y por la otra, la perseverancia de los tres punteros, que segundo a segundo (¡literalmente!) iban marcando sus diferencias con el resto del grupo y entre ellos mismos. 

Aquí la gente se agolpó frente a televisores en vitrinas de almacén, en sus casas, se prendían del radio y del internet, de lo que fuera.  La explosión de alegría fue general cuando vimos el cronómetro y los 11 segundos entre el primero y segundo lugar, y los 38 entre segundo y tercero.  Segundos solamente, pero que nos supieron a eterna gloria.  Como dijo un comentarista: ¡Guatemala acababa de entrar a la diplomacia olímpica!

Asentado ya el polvo de la emotividad, naturalmente las reflexiones de fondo comienzan a salir.  Algunas con más chispa, como aquella amiga que puso en Facebook “¡La primera medalla olímpica es O-16!”, recordándonos que el triunfo no vino de una cédula A-1.  Es decir, de aquel subconjunto del territorio que aun concentra las mayores  oportunidades de superación en este país.  

O aquel otro colega que, siendo fiel a su vocación analítica, se fue inmediatamente a revisar unos datos estadísticos y nos dijo que “nuestro único medallista olímpico nació en Aldea Chuyuc de San Cristóbal Verapaz, municipio de menos de 60 mil habitantes, con el puesto 286 de 334 municipios en el índice de desarrollo humano (IDH), pero da puesto 2 en marcha a nivel mundial”.  Es decir, un hijo y nieto de la pobreza estructural que hay en Guatemala.   

Al final, el mensaje consciente o inconsciente es el mismo:  Barrondo nos dio razones para celebrar, pero también nos puso frente al espejo y lo volvió a romper con la piedra de la desigualdad.  Nos hizo un nudo en la garganta y llenó de lágrimas nuestros ojos, al mismo tiempo que nos señalaba el camino que nos queda para superar esas brechas sociales.  Profundas diferencias que hoy todavía separan los múltiples mundos que coexisten en Guatemala cual placas tectónicas.  Que no se cruzan casi nunca, pero que cuando llegan a rozarse provocan terremotos sociales.   

Estoy seguro que a este muchacho los reconocimientos no le harán falta.  Que el aeropuerto estará lleno de gente lista para recibirlo y aplaudirlo merecidamente.  ¡Así debe ser! 

De lo que estoy menos seguro es si sabremos utilizar la ocasión para repasar y corregir otro poco nuestra desigualdad.  ¿Cómo hacerlo? Bueno, que tal comenzando por preguntarnos cómo es que surgen estos casos extremos (verdaderos “outliers” estadísticos), y cómo podemos hacer para que se multipliquen y sean una masa crítica.   

No hay que irse con la finta.  Vivimos en un sistema que reproduce – algunos van más lejos y aseguran que agranda – inequidad.  Esa que no permite que florezcan muchos Barrondo, Flores, Palacios, López ó Cordón.  Una sociedad que cada tantos años tiene alumbrones de genialidad, pero que son producto mas bien del esfuerzo individual que de unas condiciones y oportunidades mejor distribuidas.  

Pues bien, ahora que tenemos uno de esos frente a nosotros ¿por qué no usar la ocasión para ir más allá del aplauso y la porra?  ¿Por qué no aprovechamos para hacerle una auditoría profunda a nuestro sistema de inversión pública en formación de talentos, en los distintos campos: deportivo, artístico, científico, emocional? 

Esa sería una lección poderosa y transformadora que podemos sacar de Londres 2012.  Para que como sociedad aseguremos que de hoy en adelante nuestro capital humano más talentoso no tenga que conformarse con ser flor de un día en este país de la eterna primavera.

Prensa Libre, 9 de Agosto de 2012. 



miércoles, 1 de agosto de 2012

El futuro de la historia

 “Ignorancia que lueguito y con poco esfuerzo estalla en explosiones emotivas y rabiosas, que obstaculizan cualquier intento de diálogo...”

Me topé hace un par de días con la columna “De Historia a historiadores” del profesor Julio Castellanos Cambranes.  Grata sorpresa cuando además revisé los archivos de Prensa Libre y veo que ya son varias las entregas que ha hecho, todas apuntando en una misma dirección: rescatar el valor y utilidad de la historia. 

Disciplina de la más alta prioridad para cualquier pueblo.  Pero más aún para uno como el nuestro, que huye despavorido ante el menor contacto con su pasado.  Ironías de la vida porque descendemos de una civilización culturalmente muy rica.   

Así como no hay que hacer mucho esfuerzo para justificar el valor de aumentar la discusión sobre distintos períodos históricos en el país, tampoco hay que escarbar muy profundo para darnos cuenta del déficit que Guatemala tiene en ciertos momentos de su historia.  Por ejemplo, durante los últimos cincuenta o sesenta años, en donde, salvo honrosas y modestas excepciones, mantenemos un velo de ignorancia mayúsculo y deliberado.   

Ignorancia que luego se transforma en mitos, dogmas y leyendas, repetidas hasta la saciedad, para tratar de convertirlas en verdad de boca en boca transmitida.  Ignorancia que lueguito y con poco esfuerzo estalla en explosiones emotivas y rabiosas, que obstaculizan cualquier intento de diálogo y, por consiguiente, de avance en la construcción de acuerdos mínimos para acelerar nuestro desarrollo.  La razón es muy sencilla: lo que se desconoce se teme, y lo que se teme se rechaza a priori. 

Por eso es tan importante que aquellos pocos que se han dedicado sistemáticamente al estudio de nuestro pasado se propongan comunicarse con audiencias más amplias.  Fundamentalmente con nuestros jóvenes de secundaria y primeros años de universidad, quienes de manera natural están ávidos por conocer de dónde vienen, para poder así definir mejor hacia dónde quieren llevar sus historias de vida. 

Las reflexiones del profesor J. C. Cambranes me devuelven inmediatamente al ámbito de mi trabajo profesional: la Economía.  Allí también hace falta muchísima investigación, docencia y discusión, para explicar la raíz de muchas discusiones actuales y recurrentes.  Preguntas como ¿qué características tiene y cómo funciona la economía campesina? ¿Cómo se han formado los grandes grupos empresariales en Guatemala? ¿Cómo surgió el azúcar, el café y el cardamomo; industrias como la del cemento y la cerveza; o nuestro sistema financiero nacional? ¿Qué papel ha tenido el Estado en tales procesos? ¿Cómo se toman las grandes decisiones de política económica? ¿Cómo y por qué se logran o abortan las reformas fiscales?  Y así tantas otras preguntas.

Acumular evidencia y discusión en temas como estos sin duda alguna nos ayudará a crecer como sociedad y como país.  No sea que nos siga pasando las de aquel conferencista que un día dijo que la Revolución de Octubre la hicieron un grupo de patojos bohemios y parranderos.  O aquel otro personaje que nos dijo a mi padre y a mí que para sacar a Guatemala del subdesarrollo había que matar a todos los indios, porque no consumen nada y por tanto no dinamizan la economía: se fabrican sus propios caites, su propia ropa y hasta cultivan lo que se van a comer.   

John Lukacs en su libro The future of History nos regala una cita de Agnes Repplier muy sugerente, que dice más o menos así: “solía pensar que la ignorancia de la historia no significaba más que falta de cultivarse y una pérdida de placer.  Ahora estoy segura que tal ignorancia, al debilitar nuestro entendimiento, está debilitando nuestro juicio, al privarnos de los estándares que provee el poder del contraste, y el derecho de formarnos una opinión. (…) No podemos saber nada de una nación a menos que sepamos su historia.”  Palabras que vienen como anillo al dedo para conmemorar el alzamiento de los caballeros cadetes de aquel 2 de Agosto de 1954. 
 
Prensa Libre, 2 de agosto de 2012.